Educar
al niño es abrir su inteligencia, y esto significa que en el mundo de
sus ideas, de sus deberes, van integrándose las manifestaciones del
amor de Dios.
Educar
al niño es formar su corazón, y en él la semilla de las buenas
disposiciones, la acogida, la cordialidad, la generosidad, la
sensibilidad frente al dolor y la necesidad ajena.
Educar
al niño es hacer firme su voluntad, construirla desde valores y
principios auténticos; ayudar con la bondad y la rectitud; reforzarla
en la obediencia y la sumisión a quien manifiesta amor y cariño.
Educa
al niño es hacerle creer en el amor de Dios, y para ello la formación
en la oración, la alegría en ser cristiano, la esperanza, el perdón...
Y, por otra parte, la lucha contra el egoísmo, la violencia.
Educar
al niño es hacerle amar el trabajo, con constancia, con disciplina, con
orden.
Educar
al niño es apoyar su desarrollo físico. En la fuerza y el vigor, en la
salud y el buen crecimiento, hay unos elementos muy importantes para la
felicidad, que no se pueden olvidar en la educación