A mediados del siglo pasado un
cura piamontés se desesperaba al ver en los barrios pobres de Turín
enjambres de muchachos sin hogar que habían acudido a la ciudad huyendo
de las miserias campesinas, y que en su ignorancia y en medio de los
peores ambientes eran verdaderos paganos empujados al vicio y a la
delincuencia.
A remediar este mal dedicó toda su vida, enseñando a los que no
sabían nada la fe y un medio honrado de ganarse el sustento, siempre
con la norma de no castigar nunca a nadie, de atraer a todos con la
bondad y la simpatía. Para eso fundó una congregación de sacerdotes,
los “salesianos” (nombre que es un homenaje a su admirado san
Francisco de Sales) y luego, para la juventud femenina, las Hermanas de
María Auxiliadora.
Daba alojamiento, enseñaba oficios en sus talleres, corregía a
los desviados; posteriormente se multiplicaron las escuelas, hubo
hospitales y hasta misiones, y la obra de Don Bosco se extendió por el
mundo entero al impulso de una fe en la Providencia que no tenía límites
y que le permitió superar la política anticlerical de las autoridades,
la escasez de medios económicos y la incomprensión de muchos eclesiásticos.
Había nacido en Becchi, cerca de Turín, y la temprana muerte de
sus padres hizo de tuviera una mocedad difícil: conoció la dureza de
los trabajos campesinos, estudiando de noche, luego fue mozo de café,
sastre, zapatero, carpintero, herrero... Y los domingos hacía de acróbata
e ilusionista para atraer a los niños y poderles hablar de Dios. Por
eso este santo esperanzado, alegre y trabajador es, además de patrón
de las escuelas de artes y oficios, patrón del ilusionismo y del cine,
dulces señuelos de la verdad y el misterio más altos.
C.
Pujol, La casa de los
santos. Un santo para cada día del año (Rialp; Madrid 1991) p. 48