Leucemia, quimioterapia y ejercicios espirituales

26 de enero de 2003

Curas del siglo XXI
          

Manuel Vargas Cano de Santayana

Diócesis de Getafe

  l.- ¿Cómo surgió mi vocación? En el verano de 8° de E.G.B. (era el año 1989) mi tío sacerdote me pidió que le acompañara a Santiago de Compostela, para preparar el encuentro de jóvenes con el Papa, que iba a ser un mes después. Pasé con él tres días divertidísimos, aunque el viajé en coche se me hizo muy largo. Paramos en un pueblo para dormir, y a la mañana siguiente rezamos laudes en una capilla pequeña. Rezamos con otros sacerdotes, amigos de mi tío, y recuerdo que me impresionó mucho la alegría con la que lo hacían y la unidad que había entre ellos. Seguimos el viaje y al llegar al Pórtico de la Gloria, en Santiago, me dijo mi tío que le pidiese al Apóstol lo que más desease. Sin que él lo supiera, pedí que Dios me hiciera un sacerdote santo. ¿Por qué pedí esto? No lo sé, antes no lo había pensado. . . Bueno, siendo más pequeño había hablado con un jesuita, que nos impresionaba a todos en el colegio por su entusiasmo, su amor a la Virgen, y las historias de las misiones (porque él iba todos los veranos a Guinea). Quizá cuando fui a Santiago ya tenía el deseo de hacer algo grande, como lo que le escuchaba a este impresionante jesuita.

Después de aquel "viaje relámpago" a Santiago, pasé un verano bastante distraído. Sólo pensaba en motos y chicas... Al comenzar 1 ° de B.U.P. me tuvieron que ingresar en el hospital Ramón y Cajal con una leucemia bastante avanzada. Además, la quimioterapia complicó las cosas con una hepatitis, una septicemia, neumotórax... Por eso, no me cabe duda que mi curación total y repentina fue una intervención especial de Dios. Muchos amigos me mostraron entonces su cariño, donando sangre, haciéndome visitas, rezando por mi... Mis padres y hermanos (que entonces teman 4, 8, 12 y 19 años) sufrieron enormemente pero el Señor me salvó la vida. Lo cierto es que salí de aquel trauma agradecido a Dios y con muchas ganas de aprovechar la vida: los estudios, mi familia, mis amigos. .. ¡qué ganas de ser feliz, después de haber sufrido tanto!

 

      Pero, con el paso de los meses, me fui desilusionando. Ni la moto nueva, ni empezar a salir a Jácara y otras discotecas, ni los buenos resultados en los estudios, ni las chicas, ni las fiestas, me daban lo que yo necesitaba: nada llenaba los deseos que tenía dentro... ¡Qué bien me lo pasaba... y qué vacío llegaba a casa los viernes por la noche! Me interesé por la política, y empecé a moverme en ambientes radicales. Pensaba que sólo es feliz el que se entrega del todo a un ideal, y confundía la entrega total con adoptar posiciones extremistas. Pero tampoco esto me satisfacía... Más bien me llenaba de rencor y amargura. Lo peor es que no entendía lo que me estaba pasando...

No sé por qué en la Navidad de 1990 busqué unos Ejercicios Espirituales. ¡Qué tres días: los más intensos de mi vida! La primera noche le dije al director que quería marcharme porque no me estaban sirviendo de nada. Él me recomendó que esperara. Eso hice y fue un acierto. A la mañana siguiente meditamos el pasaje del joven rico. En la capilla pequeña de aquella casa de Ejercicios, delante de una imagen de Cristo crucificado, me pareció entender de golpe toda mi vida: mis deseos, mi tristeza... ¡que Jesucristo está vivo!, ¡que estaba ahí conmigo, en el sagrario!, ¡que me quiere como soy! Entendí claramente que nada me llenaba como aquello, que nada vale nada comparado con Él, que tengo sólo esta vida para dársela a Él, y que yo tenía que consagrar mi vida a estar con Él.

Después el Señor me puso cerca todo lo que necesité. Coincidí en la clase con el único chico de todo nuestro curso que después iba a entrar al Seminario. Él me presentó a un sacerdote, y "Rafa" fue desde entonces mi padre espiritual y mi mejor amigo. Lo que más me ayudaba de él era su alegría contagiosa, su amor apasionado a Jesucristo y a la Iglesia, y que "me tomó muy en serio" desde el principio. Digo esto porque varios amigos y algún sacerdote me decían que era demasiado joven para tomar una decisión así, que tenía antes que conocer el mundo... (¡Con lo cansado que estaba ya del mundo!). Lo demás "vino rodado": yo entré en el Seminario nada más terminar COU. Por mí hubiera entrado antes... pero fue más prudente esperar hasta entonces. En el Seminario del Cerro de los Ángeles he pasado los cinco años más apasionantes de mi vida, y el pasado 9 de octubre fui ordenado diácono.

 

2.- Dificultades y alegrías en mi camino vocacional. La dificultad más grande es buscarme "planes alternativos" a la voluntad de Dios: la tentación más grande siempre es desear "contentar a Dios" haciendo lo que a mí me gusta... A mí me gustaba estudiar, las chicas, la música, la política, el cine. .. Muchas veces, antes de entrar al Seminario, pensaba: “Pero si esto no es pecado... ¿Por qué no puedo ser santo en la facultad de Empresariales, y salir con esta chica, en lugar de ser sacerdote?" A veces llegaba a creérmelo... pero me duraba poco... El corazón es un termómetro perfecto: lo que me deja triste, lo que me encoge el alma, lo que me quita las ansias locas y apasionadas de amar a Cristo, y me instala en una monotonía placentera y gris... me aparta de la voluntad de Dios. Y esto, sólo esto, es lo que hay que buscar: la Voluntad de Dios.

He ido superando estas dificultades con la ayuda de Dios (que recibo en la Misa de cada día, en la confesión frecuente, en la oración personal ante el sagrario), y con los consejos de mi director espiritual. ¡Qué regalo de Dios es haber encontrado un santo sacerdote para la dirección espiritual! Tengo alegrías todos los días. Otras veces, el día transcurre normal, sin nada extraordinario... Pero lo realmente extraordinario es la paz interior y la alegría serena que encuentro a diario en Cristo. Este gozo no desaparece con los años, sino que se afianza cada vez más.

3.- ¿Para qué quiero ser sacerdote? Quiero ser sacerdote para servir a Cristo y a la Iglesia. Quiero "ser de Cristo", ser suyo, de su propiedad, y dar mi vida por Él y por mi Madre la Iglesia. a la que debo todo, a la que quiero amar sin reservas.

Deseo ser sacerdote "como la Iglesia los quiere": un hombre de fe y de oración, lleno de Dios, "alter Cristus" ("otro Cristo"); un hombre de Iglesia, obediente al Papa y su Obispo, hermano de los demás sacerdotes, y padre para los fieles; un hombre de comunión, que busca la unidad y no la polémica, que sabe reconocer lo que hay de bueno en todos los hombres (creyentes y no creyentes) y que es capaz de dialogar con la cultura de nuestro tiempo; un pastor que ama a sus ovejas, que les predica la Palabra de Dios sin ambigüedad, les dedica tiempo para curar las heridas (aunque esto le cueste horas de confesionario), y que se ofrece cada día junto a Cristo en el sacrificio de la Eucaristía; un hombre que tenga un corazón misericordioso como el de Cristo, y se haga especialmente cercano a los que sufren, a los pobres y a los que viven alejados; un sacerdote que vive su vocación feliz e ilusionado, y que quiere dar a conocer a Cristo y mostrar su identidad en todo: En la manera de hablar, de vivir, e incluso (sin miedo) en la forma de vestir.

 

4.-Texto bíblico como lema de mi vida. Estoy dudando entre dos:

        El Señor dice en el Evangelio (Lc 12,49): “He venido a prender fuego en el mundo y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!

      San Ignacio propone también todo un ideal de vida: “Todo el que quiera militar por Dios bajo la bandera de la cruz, y servir sólo al Señor, y al Romano Pontífice, su vicario en la tierra...”

      Cualquiera de los dos resume muy bien lo que deseo que sea mi vida de sacerdote: el amor apasionado al Señor, y el ardor y entusiasmo por extender el Reino de Cristo a todos los hombres.  

Curas del 2000. Secretariado de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades (Madrid 2000), p. 55-58

 

 

 

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Hoja semanal de la Parroquia de la Santísima Trinidad y del Santuario de Nuestra Señora de Cortes (Alcaraz - Albacete)

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5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005