Aprender a decidir por uno mismo 

19 octubre 2003

Todo queda en familia

Poco a poco, los hijos se van haciendo mayores, y tienen que ir tomando decisiones por sí solos. Es ley de vida. Se van haciendo mayores. Fomentar la toma de decisiones es contribuir al desarrollo de la libertad de una persona. Aprender a decidir bien les hará más libres y responsables para ir entrenándose para las grandes decisiones de la vida.

Los adolescentes se dejan llevar fácilmente por el corazón. Por eso hay que enseñarles a pensar con la cabeza y meditar las decisiones, sin retrasar lo que no puede esperar, pues hay trenes que sólo pasan una vez en la vida

Dejar que ellos decidan no es fácil, ni para ellos ni para nosotros. A veces es más cómodo y más rápido decidir por ellos. Es un error por nuestra parte, porque al final nos convertimos en imprescindibles para ellos, y no les dejamos madurar.

Cuando nuestro hijo tenga que tomar alguna decisión importante tenemos que mostrar nuestro interés. Pero sin agobiarle, porque lo podríamos convertir en un impulsivo, que toma decisiones a la ligera.

Según su capacidad y su responsabilidad “probada”, tenemos que ir cediéndole autonomía en temas en los que él debe decidir.

            ¿En qué temas se les puede dejar decidir? Ciertamente, los objetivos de la educación familiar, o el presupuesto familiar, la decisión corresponde a los padres. Un cambio de colegio o de  lugar de vivienda, las vacaciones o las salidas nocturnas con los amigos, han de ser decisiones conjuntas entre padres e hijos. La elección entre ciencias y letras, el grupo de amigos, ir a una fiesta o apuntarse a un club o a unas clases, han de ser decisiones que los hijos tomen por ellos mismos, consultando con los padres  antes de tomar la decisión definitiva.            El horario de estudio, el uso del tiempo libre, los deportes o lo que hagan con su dinero, basta con que informen a los padres después de decidir. Incluso, dentro de un límite, en el uso de la ropa o de sus cosas personales.

            Errar es de humanos. Por tanto, si se equivoca al tomar una decisión (y todos nos equivocamos) no hay que reprenderle, porque podría volverse un indeciso y un inseguro, que nunca se atreve a hacer nada por miedo a equivocarse. De los errores se aprende.

            Una vez que ha decidido, hay que ser exigentes con él para que cumpla lo que se propuso. Es la forma de crecer en responsabilidad.

 

 

 

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Hoja semanal de la Parroquia de la Santísima Trinidad y del Santuario de Nuestra Señora de Cortes (Alcaraz - Albacete)

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5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005