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Aprender a decir que "no"
Llamar
al pan “pan” y al vino “vino” es una cualidad admirada pero poco
extendida. Sobre todo porque, si hay que hacerlo, hay que hacerlo bien. Hay
ocasiones en que los hijos hacen cosas que están realmente mal. Por
su bien, y por el nuestro, debemos decirles claramente “no”. Sin
voces y sin gritos, razonando el porqué, pero un “no” claro. Encontrar
al lado a una persona razonable que puso valientemente las cosas en
su sitio cuando éramos adolescente nos ayudó a crecer. El modelo de
alguien con personalidad firme al lado hace madurar. “Personalidad
firme” no quiere decir “personalidad dura”. Debemos cambiar de opinión
si nos convencen de lo contrario, pero tampoco hay que tener miedo de
emplear la palabra “bien” y la palabra “mal”. No todo vale.
Hacerlo evita disgustos futuros. No
hay que tener miedo, por ejemplo, a decirles a los hijos adolescentes que
hasta que se casen no deben tener relaciones sexuales en ninguna
circunstancia, con nadie en absoluto. O en otros temas que pertenecen a los
valores morales vividos en nuestra familia. Sin miedo a escuchar de ellos
una respuesta contraria. Las cosas dichas en casa, a pesar de todo, nos
quedan dentro para toda la vida.
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Actualizado: 10 de junio de 2005 |