Un padre
de familia comentaba, divertido y asombrado, que hablando un día con su
hija de 7 años sobre la creación, de repente le preguntó: “Oye papá,
y ¿cómo se llamaba la maestra de los hijos de Adán y Eva?”.
Los niños tienen una imaginación prodigiosa. Viven en un
mundo distinto del nuestro, y a veces nos sorprenden con preguntas
que, a nosotros quizá no se nos hubieran ocurrido, pero que para ellos
tiene sentido. ¿Qué hacemos cuando nuestro hijo nos hace preguntas
desconcertantes, que nos pillan “in fraganti”?
La norma es que siempre hay que responder con la verdad,
aunque nuestro hijo sea muy pequeño. Desde luego, una verdad acomodada
a su inteligencia y a sus inquietudes. A la pregunta de la niña de
marras no podemos responderle leyéndole un libro sobre las discusiones
académicas de los biblistas sobre la interpretación de los primeros
capítulos del Génesis.
Pero
nunca hay que contarle cuentecitos, o darle respuestas falsas,
para que un día, cuando sea mayor, no nos eche en cara que le mentíamos.
Lo mismo ocurre con otros temas, incluidos los temas más espinosos,
como el porqué de las injusticias, o de la muerte, o el sentido de la
sexualidad. No vale ya el cuento de la cigüeña. Hay que responder con
la verdad, adaptada a su entender.
Conservar
la confianza en nosotros es fundamental, y si no le decimos la verdad,
un día perderá esa seguridad en nosotros, quizá cuando más sea
necesaria. Una confianza que a veces implica reconocer que no tenemos
una respuesta clara a sus preguntas. Decir “no lo sé”, o “déjame
un tiempo que lo estudie, y te responderé”, no nos quita autoridad. y
además, reforzará en ellos la costumbre de buscar la verdad
siempre.