Dicen,
con razón, que no vamos a la iglesia por nuestro propio pie,
sino que “nos traen”: en brazos, cuando nos bautizan;
del brazo, cuando nos casamos; y a hombros, cuando nos
entierran. Hubo un tiempo en que no íbamos a la iglesia, y
alguien nos trajo. Nadie nace cristiano, ni nadie
pertenece a la Iglesia sólo porque le haya dado la real gana.
Hace falta que alguien nos haya anunciado a Cristo y nos haya
“empujado” a incorporarnos a la comunidad cristiana. Como
ninguno de nosotros ha elegido su nombre, o qué idioma
hablamos. Todo esto nos lo han transmitido, sobre todo en casa.
Ésta ha sido la forma de “hacer cristianos”;
no hay otra. La labor de “llevar a la iglesia” a los demás,
es propia de la familia cristiana. No es exclusiva de
ella, porque también lo hace la parroquia, la escuela católica,
o los movimientos y asociaciones cristianos. Pero principalmente
es de ella. Un matrimonio cristiano toma el compromiso de
“recibir los hijos y educarlos según la ley de Cristo y de su
Iglesia”. Y al bautizar a un hijo, se comprometen a
“educarlo en la fe cristiana”. La Iglesia es la “segunda
familia” del niño, debe conocerla, y debe participar en
su vida.