Tratar
adolescentes no es una ciencia oculta reservada a expertos.
Es cierto que requieren un trato algo diverso, pero en
definitiva cada uno ya somos de una forma, y pedimos que nos
traten como somos, no como los demás creen que debemos ser. Los
adolescentes están en esa etapa prodigiosa de la vida en la que
se abandona la infancia y se pasa a la edad adulta, y están en
su derecho de que no se les trate como niños. De todas
formas, no son adultos, y todavía no tienen la
experiencia y la capacidad para poder tener un control total de
su vida, sus emociones, sus miedos, sus ilusiones y sus
proyectos. El adolescente necesita la presencia activa y
discreta del adulto, que le da seguridad para poder crecer
con éxito.
Todo
esto está muy bien en la teoría, pero ¿cómo se come?
¿Cómo sabemos si nos estamos pasando, o no estamos
llegando? ¿Cómo sabemos si en el tiempo libre ha estado metido
en asuntos que le pueden perjudicar? ¿Cómo sabemos si necesita
nuestra ayuda? En casa le damos unos valores, pero ¿qué hará
cuando esté fuera?
No
hay recetas, y cada uno hace lo que buenamente puede. Una madre,
por ejemplo, decía que había tomado una costumbre que le había
servido: mirarle a los ojos directamente una vez al día.
Una mirada de madre, llena de comprensión, de cariño, no una
mirada inquisitiva. Al volver del instituto, a la hora de la
comida, después de salir de fiesta. No preguntaba nada; sólo
decía esta palabra: “Mírame”. Sólo una madre conoce bien
lo que significa esa mirada, y sabe leer en ella lo que los
labios a veces no se atreven a decir. Ha sido testigo de cómo
esa mirada se abrió al mundo por primera vez, se hizo curiosa
en el niño, triste en la fiebre, alegre en la fiesta,
interrogadora en la juventud.