“¡Crack,
crack! Sonaba la señal de alarma: eran dos taconazos que daba
yo en la escalera junto con la declaración final: «Os
advierto, niños, que si en cinco minutos no estáis en la cama,
¡ay del que sea cogido!» Se producía entonces arriba un
frenesí de actividad; todos salían de estampida hacia el
cuarto de baño, todavía sin puerta, y se oía un rumor de
quejas y codazos de quienes no querían quedarse atrás. Yo volvía
al fregadero de la cocina y me ponía a lavar, segura de que al
menos la mayoría se metería pronto en cama. (...)
¡Plon!
¡Plon! ¡Mamá está subiendo las escaleras de dos en dos! ¡Rápido,
rápido! Alguno no ha conseguido meterse en cama en el tiempo señalado.
Alguno se ha despistado, se ha puesto a soñar despierto o se ha
dedicado a cuchichear ruidosamente. Mamá llega y coge el
huesudo cuerpo del más cercano o del más ruidoso y le da una
zurra en el culo desnudo. El sonido del cachete provoca un
murmullo de regocijo entre todos los otros en medio del crujido
de los muelles de las camas y el roce de las mantas. «¡Te lo
advertí!», dice ella.
Se
hace de nuevo la paz, y se anuncian las oraciones. Los niños se
sientan, algunos se levantan de la cama y se arrodillan junto a
la puerta; los pequeños simplemente colocan el borde de las sábanas
bajo la barbilla y escuchan complacidos. Me arrodillo en el
rellano de la escalera y comienzo: «Jesús, María y José;
Dios nos bendiga y nos guarde a todos seguros y sanos...» Sigue
entonces la letanía de los nombres de cada uno, lista que ha
ido alargándose con los años. Y después un Avemaría, la
oración al Ángel de la guarda y un acto de contrición. Al
final, la oración de San Ignacio: «Dar y no pedir el precio,
trabajar y no buscar la paga...». Siempre merece la pena decir
estas cosas”.
Victoria
Gillick, Relato de una madre
(Rialp; Madrid 1998, 7ª edición) ISBN 84321 2698 5, 296 p.,
12,90 €