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| "A
Jesús hay que decirle las cosas como cuando lees por dentro,
sin palabras, y él te hará ver algunas cosas también por
dentro" |
Pues
sucedió una tarde que por la disputa de un mismo juguete, dos
hermanos se atizaron de lo lindo. No hubo tiempo ni para
separarles, así que la intervención de los mayores en el
conflicto tuvo que ser ya de carácter sanitario. Tras cesar las
hostilidades o mejor dicho, minutos después de producirse la
rendición del más pequeño, de no ser por las marcas de la
mercromina en sus caras, se podía haber pensado que en aquella
casa había reinado una total armonía durante toda la tarde.
Por la noche, tras rezar las oraciones acostumbradas con el más
aguerrido de los dos, consideró el padre que aquel suceso se lo
debía contar a Jesús. Además desde hacía algunos días ya
había intentado enseñarle a hablar con Él. Pero se negó en
redondo el pequeño, ya que -como le dijo- no funcionaban sus
consejos que él había puesto en práctica en la capilla del
colegio, a donde había ido a hablar con Jesús sin escuchar
respuesta y eso que le había hablado dos veces, la segunda muy
alto para que le oyera.
-
Pero es que a Jesús hay que decirle las cosas como
cuando lees por dentro, sin palabras -le aclaró su padre-, y él
te hará ver algunas cosas también por dentro. Cuéntale de
esta manera lo de la pelea con tu hermano.
Se
hizo el silencio en la habitación que estaba a oscuras. Y
cuando pasó bastante más tiempo del que suele aguantar un niño
callado...
-
¿Ya se los has contado?
-
Todavía me falta decirle más cosas de lo malo que es mi
hermano...
Consumidos
los minutos necesarios, el chaval le manifestó a su padre que
ya había acabado. Y al darle el beso de despedida y en un tono
de reproche a lo que pensaba había sido un largo monólogo
delator de faltas ajenas, le preguntó si Él le había hecho
ver algo:
-
Sí papá. Jesús también me ha dicho por dentro que lo
de la pelea con mi hermano es muy fatal.
(Javier
Paredes, “Los niños también rezan”, en www.encuentra.com)