Muchos
padres cristianos de hoy viven con sufrimiento cómo sus hijos,
conforme se van haciendo mayores, van abandonando la práctica
religiosa, hasta el punto a veces de declararse totalmente
increyentes, o de tomar decisiones que van decididamente en contra de la
fe recibida en casa. A veces incluso pueden sentirse culpables de
no haberlos educado bien, o no haberles dado ejemplo.
Ante todo, hay que tomar las cosas con calma. No hay que
culpabilizarse de una decisión de un hijo que es fruto de sus libres
opciones. No: ellos son dueños de su vida, y tienen derecho a
tomar las determinaciones que crean más convenientes.
Tampoco
ellos tienen toda la culpa. Todos vivimos muy influenciados por el ambiente
social; quizá nosotros crecimos en una época más sensible a la fe,
y por eso hoy nosotros seguimos una práctica religiosa. A ellos les ha
tocado vivir en una sociedad que desconfía fuertemente de la religión, y
son hijos de su tiempo. Vivimos unos tiempos muy cambiantes, y no
podemos saber cómo evolucionará la sensibilidad religiosa en el futuro.
Las
personas cambiamos a lo largo de la vida. Ellos un día serán también padres,
y tendrán la responsabilidad de tener que educar a sus hijos. Y el
ser padres cambia radicalmente a las personas. No sería raro que en ese
momento, al tener que educar a sus propios hijos y transmitirles valores,
despertara la fe que han tenido dormida. El bautizo de un
hijo, una primera comunión, son ocasiones en las que Dios entra de
forma especial en una casa. Es también el momento de contactar con esa experiencia
de Iglesia más cercana que es la parroquia, y con un cura y
unos cristianos de carne y hueso, con sus defectos y sus virtudes, y a
través de este contacto se deshacen muchos falsos prejuicios que
arrastraban desde su juventud.