Enseñar a ser cristiano es
enseñar la "pedagogía de la santidad", como refiere Juan Pablo
II en la Carta "Novo Millennio Ineunte" ("Al comienzo del
nuevo milenio"). Uno no nace cristiano, sino que se "hace
cristiano". La tarea de formar un cristiano es principalmente obra del
Espíritu Santo, que va dando forma a nuestro ser hasta tomar la misma forma
de Cristo. Pero necesitamos también unas prácticas de vida cristiana
diarias, mensuales, anuales, que van creando unas costumbres, una forma de
ser, que son como esa "segunda piel" que es la vida cristiana.
Comer en un restaurante un día
puede ser estupendo. Podemos probar comidas que en nuestra casa son quizá
imposibles de preparar, en un ambiente especial y con un toque profesional.
Todo lo que queramos. Pero, a fin de cuentas, lo que nos
"engorda", lo que nos da salud y nos alimenta, no es esa comida
que un día hicimos en un restaurante de lujo, sino el "potaje" de
cada día, preparado en casa. Día a día, cucharada a cucharada, nuestro
organismo se nutre y se desarrolla. Lo mismo ocurre en la vida cristiana:
podemos tener un día una "experiencia inolvidable", que nos puede
remover y nos puede hacer replantearnos nuestra vida más de cara a Dios.
Pero lo que al final hará que la vida de fe se mantenga es la vida de cada
día, hecha de cosas pequeñas, unos días con más ganas y otras con menos,
unos días mejor y otras peor. Pero son las que nos están haciendo
cristianos.
La fe es un gran regalo. Es el
gran regalo que Dios nos ha dado, junto con la vida. La fe es el mejor
equipaje para la vida. Sin fe no se puede afrontar la vida y vivirla en
plenitud. Sin Cristo, como decía Pascal, no sabemos lo que somos nosotros,
lo que es Dios, lo que es la vida y es la muerte. Pero la fe hay que
cuidarla, como una planta. Y cuidarla diariamente. Si no, ocurre como esos
árboles que fueron frondosos, pero que un día descubrimos que están secos
por dentro. No se han secado en un día, sino poco a poco, sin que nos
diéramos cuenta. No se han regado, no se han fumigado. Y llega un día en
que nos hemos quedado sin árbol. Pero si se riega y se cuida, se hace un
árbol grande, que ha crecido sin que nos demos cuenta. Lo mismo ocurre con
la fe. Hay que cuidar la fe. Una fe descuidada termina marchitándose. Por
el contrario, una fe cuidada se desarrolla sin darnos cuenta, y se convierte
en el mejor equipaje de la vida.
Aquí tenemos unas prácticas de
vida cristiana sencillas, simples, al alcance de todos. Las hemos llamado
"herramientas de la vida cristiana", porque son instrumentos
válidos, confirmados por la experiencia de muchas personas que las han
"usado" y les ha dado resultado. Y creo que la Iglesia debe ser
como una ferretería, que enseña a usar unas herramientas para que la vida
cristiana y la santidad sean posibles.