La visita a los enfermos


                Herramientas de la vida cristiana

 

            Dicen que nadie da una peseta por el dolor. Pero antes o después el dolor hace su presencia en la vida de las personas. El dolor nos sobrecoge, nos asusta, pero también nos llena de admiración y de silencio. Está tan unido el dolor con la vida, que podemos decir que nadie madura como persona si no entra en contacto con el dolor humano.

            El dolor es una escuela de vida. Lo mejor y lo peor de nosotros mismos sale en el momento del dolor. Y al mismo tiempo, nuestra capacidad de ser personas se pone a prueba cuando acompañamos al dolor de los demás.

            La enfermedad es un momento especialmente fuerte en la vida de los seres humanos. Es cuando uno se da cuenta de que lo que antes hacía ya no lo puede hacer, que las fuerzas disminuyen y que el cuerpo y la cabeza no responden. Es cuando caemos en la cuenta de algo que antes sabíamos, pero que no acabamos nunca de creer del todo: que no somos todopoderosos. Al mismo tiempo, la enfermedad es un momento de prueba para la fe: el hombre se puede volverse de cara  a Dios o de espaldas a Él.

            Visitar a un enfermo es visitar al mismo Cristo, que sufrió y ofreció su vida por amor. Por eso una visita a un enfermo es una forma de “peregrinación cristiana”. Los enfermos nos enseñan, nos evangelizan. Después de estar con ellos aprendemos mejor el auténtico valor que tienen las cosas. Contemplamos en todo su esplendor la gran dignidad que Dios le ha dado al ser humano, que ni siquiera la enfermedad o la muerte pueden ocultar. Los enfermos nos acercan a Dios y al hermano que sufre


 

 

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4 Minutos de Buenas Noticias

Hoja semanal de la Parroquia de la Santísima Trinidad y del Santuario de Nuestra Señora de Cortes (Alcaraz - Albacete)

Responsable de la edición: José Alberto Garijo Serrano

 

5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005