Este año han muerto dos grandes “amigos de los jóvenes”. El primero de ellos, Juan Pablo II, que inició las Jornadas Mundiales de la Juventud, que estos días celebran su vigésima edición en Colonia, con Benedicto XVI. El segundo, el Hermano Roger
Schutz, fundador de la Comunidad de Taizé, asesinado el pasado martes 16 de agosto por una mujer rumana, durante la oración de la tarde de esa Comunidad, ante más de 3.000 jóvenes.
El Hermano Roger (Provence 1915 – Taizé 2005) deja profunda huella en el siglo XX. Tuvo ese corazón grande de los hombres de fe grande. Hijo de un pastor protestante suizo, en los años de la ocupación alemana llegó al pueblecito de Taizé, cerca
de Cluny, en la Borgoña francesa. Tras la Guerra Mundial se constituyó en esa casa una atípica comunidad religiosa que acogía miembros de distintas confesiones (ortodoxos, anglicanos, protestantes y católicos), con la idea de ser “parábola de comunidad” y de reconciliación entre creyentes de distintas iglesias, y entre creyentes y no creyentes.
Hoy forman esa Comunidad más de 100 hermanos de 25 naciones. En los años ’60 se levantó la Iglesia de la Reconciliación donde acuden todavía hoy miles de jóvenes para compartir con los hermanos la oración y el asombro por el amor que Dios deposita en cada ser humano.
Juan Pablo II visitó Taizé en 1986 y dijo entonces: “Se pasa por Taizé como se pasa cerca de una fuente. El viajero se para, apaga su sed, y continúa su camino”. En 1989, tras haberlo rechazado en dos ocasiones, se le concedió también el premio Carlomagno.
El jurado dijo en esa ocasión: “El equilibrio buscado por Taizé puede ser un modelo para poner fin a las tensiones en Europa, no solamente a nivel religioso, sino también político”. ¿Cuál fue el secreto de estos “amigos de los jóvenes”? Confiaron en los jóvenes; en ellos se cumplieron esas palabras proféticas del Concilio Vaticano II: “El futuro
de la humanidad está en manos de quien sepa dar a las nuevas generaciones razones para vivir y razones para esperar”.