Paternal,
cariñosa, audaz, entusiasmante, evangélica. Así ha sido la homilía
que el Cardenal de Madrid ha dirigido a los ahora Príncipes de Asturias
en su enlace matrimonial. Tras los saludos iniciales de rigor, y tras
dirigirse a los novios con un cariñoso “Queridos D. Felipe y Dª
Leticia”, Rouco les ha expuesto la grandeza del matrimonio
cristiano, como cualquier cura dirige a una joven pareja de su
parroquia, incluso utilizando el "vosotros".
Sus
palabras "¡No tengáis miedo! ¡Abríos al amor de Dios Padre! ¡Abríos
y confiaros, sobre todo, al amor de Jesucristo, Nuestro Señor y
Salvador", recordaban las proféticas palabras de Juan Pablo II al
comienzo de su pontificado. Y es que no podía ser de otro modo: Cristo
le ha dado al matrimonio cristiano el poder de "triunfar
sobre cualquier tentación de desmayo o de cansancio, de debilidad o de
desilusión que tantas veces nos acecha al emprender los grandes,
valiosos y decisivos proyectos de nuestras vidas cuando sintonizan recta
y fielmente con el amor de Dios".
Les
ha recordado los sacrificios que les esperan, como esposos y
padres cristianos, y como futuros reyes. Les ha animado a confiar en
Cristo y en María, a cuidar su oración personal, incluso a participar
en la Eucaristía todos los domingos, para poder formar un hogar
verdaderamente cristiano. Les ha asegurado la oración de muchos
cristianos, y la protección de la Virgen y de los numerosos santos y
mártires españoles.
HOMILÍA
DEL SR. CARDENAL ARZOBISPO DE MADRID, D. ANTONIO MARIA ROUCO VARELA, EN
EL ENLACE MATRIMONIAL DE SU ALTEZA REAL, EL PRÍNCIPE DE ASTURIAS, D.
FELIPE DE BORBÓN Y GRECIA, CON Dª LETIZIA ORTIZ ROCASOLANO
Majestades
Altezas
Emmos. Sres. Cardenales
Excmos. Sres. Arzobispos y Obispos
Excelentísimos Señores y Señoras
Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor
Queridos D. Felipe y Dña. Letizia
Venís ante el Altar del Señor a contraer santo matrimonio. Así ha
llamado la Iglesia desde el principio a aquella “íntima comunidad de
vida y amor conyugal”, basada sobre la alianza del varón y de la
mujer que dejan a su padre y a su madre, a sus familiares, amigos, en
una palabra, a su marco anterior de vida y relación habitual para
“formar una sola carne” (Cfr. GS, 48; Mt 19,5). En el fondo de
vuestra decisión libre y personalmente adoptada está y late un
compromiso, un compromiso de amor: os amáis y os queréis amar para
siempre y por ello deseáis entregaros el uno al otro plena e
incondicionalmente hasta que la muerte os separe. Donación es la
palabra y experiencia clave para comprender el misterio del amor que actúa
de forma propia y única en el matrimonio: también en el vuestro,
queridos novios, D. Felipe de Borbón y Doña Letizia. Queréis haceros
donación de todo lo que sois y tenéis el uno al otro: de vuestras
personas, de vuestro cuerpo y de vuestra alma, de vuestro corazón, con
una gratuidad y generosidad tales que de vuestra mutua donación surja
el don de nuevas vidas, el don de los hijos. Así es el amor conyugal
auténtico cuando se le deja desplegarse y manifestarse en sus más
ricas posibilidades y tendencias propias: un amor dispuesto a darse
hasta la expropiación, a favor del hijo, de los hijos, fruto de sus
entrañas. Por este amor gratuito y fecundo os habéis decidido o, por
usar una forma de hablar juvenil, habéis apostado definitivamente hoy
en el día solemne y gozoso de vuestra Boda. En vuestro interior os habéis
sentido fascinados y atraídos, sin duda, por el secreto de ese Amor que
San Pablo describirá con una tersura más que humana, ¡divina!: “el
amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no
presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no
lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con
la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites,
aguanta sin límites. El amor no pasa nunca”.
¿Será éste un ideal imposible para el hombre? ¿Y más imposible
todavía en la realización diaria de la vida matrimonial y familiar? No
para Dios, ni para los que se acogen a Él, como lo hacéis vosotros en
esta mañana tan gozosa de vuestros esponsales: gozosa para vosotros
mismos, la Real Familia, vuestros familiares y amigos y para España
entera. ¡Dios es amor! ¡Dios es “el amor”: amor creador y
redentor! (Cfr. 1Jo,4,8). Él ha creado al hombre varón y mujer para
hacerlos partícipes de su designio de amor y de vida, de gloria y
felicidad eternas. “La Gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida
del hombre es la visión de Dios” (Ad. Haer. IV,20,7), decía bella y
inimitablemente San Ireneo. Los intentos de frustrar la creación que el
hombre protagonizó desde el principio y protagoniza constantemente por
el pecado, que tan negativamente afectaron al matrimonio y a la familia,
fueron superados por el Amor más grande de Dios: el del Padre que envía
al Hijo para que tome carne en el seno de la Virgen María, se haga uno
de nosotros menos en el pecado, asuma nuestro destino hasta la muerte y
una muerte de Cruz, como una oblación de amor misericordioso que
triunfará en la Resurrección y se derramará por el envío del Espíritu
Santo -“la Persona-Amor” en el Misterio de la Santísima Trinidad-
(Cfr. Juan Pablo II DV, 10) a través de la Iglesia al mundo. El amor de
Cristo Crucificado y Resucitado, desde el momento de su Pascua,
sostiene, reconforta, anima y eleva el amor matrimonial de los esposos
cristianos, es más, lo convierte en “sacramento”, es decir, en
signo eficaz de su amor esponsal a la Iglesia, para que pueda crecer y
madurar con hondura creciente; o, lo que es lo mismo, para que pueda
triunfar sobre cualquier tentación de desmayo o de cansancio, de
debilidad o desilusión que tantas veces nos acecha al emprender los
grandes, valiosos y decisivos proyectos de nuestras vidas cuando
sintonizan recta y fielmente con el amor de Dios, como es el caso de
vuestro matrimonio.
¡No tengáis miedo! ¡Abríos al amor de Dios Padre y dejaos guiar por
su mano providente -por su Angel- como lo hicieron Tobías y Sara!
Confiaron en Rafael, el compañero del camino, fiel y desinteresado como
nadie, misterioso y luminoso a la vez. Sus consejos y orientaciones
conectaban con las aspiraciones más nobles y más generosas de los jóvenes
esposos y de sus familias al contraer matrimonio. El plan de Dios sobre
sus vidas se revelaba como un don inefable que les permitía llenarlas
de un sentido definitivo -el de la fecundidad y de la felicidad- a través
de su matrimonio, inspirado en la ley del Señor y en su Alianza con el
pueblo elegido.
¡Abriros y confiaros, sobre todo, al amor de Jesucristo, Nuestro Señor
y Salvador! Es el invitado invisible, pero el más grande e
insustituible en la celebración de todo matrimonio cristiano, como es
el vuestro. Viene y actúa como en la Boda de Caná de Galilea que nos
narra San Juan en su Evangelio. Acompañado de sus discípulos, pero,
sobre todo, de su Madre, se hace presente como un amigo excepcional -¡el
amigo por excelencia!-, el que saca del apuro a los novios -¡de
verdad!-, convirtiendo el agua de las seis enormes tinajas, preparadas
por los sirvientes, gracias a la indicación finamente maternal de María,
en vino generoso y bueno con el que se garantiza y enriquece la alegría
y la fiesta del Banquete nupcial. ¡Todo un gesto de exquisita
benevolencia, divino y humano a la vez, que adelanta simbólicamente lo
que significa y opera la presencia de Cristo en el acontecimiento de
todo matrimonio cristiano, en el vuestro también, queridos D. Felipe y
Dña. Letizia! Él os llenará el corazón de la certeza interior de que
la gracia y el amor suyo y la cercanía de su Madre santísima y tiernísima
os harán comprender y vivir la grandeza y la belleza insuperable del
amor esponsal, vivido a la luz y con la fuerza del Evangelio: como el
amor que os une para siempre, indisoluble y fecundo, rico en frutos de
nuevas y maravillosas vidas, las de vuestros hijos. ¡Mantened la
amistad con Él a lo largo de toda vuestra vida matrimonial y familiar!
¡Cuidad la oración personal! ¡Participad en la oración de la
Iglesia, especialmente en la Eucaristía dominical donde Cristo
transforme en vino nuevo el agua de vuestra existencia! Os servirá de
una gran ayuda en los momentos más difíciles y en las horas más
felices con los que se irá enhebrando la trayectoria cotidiana de
vuestra vida de esposos y de padres de vuestros hijos. Y abrid los
afanes compartidos de vuestro matrimonio y las puertas de vuestro futuro
hogar al dolor y a las necesidades de los más indigentes y débiles de
nuestra sociedad.
Contraéis matrimonio, queridos D. Felipe y Dña. Letizia, delante de
Dios y de los hombres. El matrimonio y la familia aportan siempre un
inestimable e imprescindible servicio para el bien de la sociedad y del
hombre en general. Constituyen la célula primaria de la que se
entreteje y de la que se nutre toda sociedad sana, justa y solidaria.
Vuestro matrimonio, inserto en la línea dinástica y en la historia
milenaria de la Monarquía Española, íntimamente vinculada al mejor y
más glorioso pasado de los pueblos de España, os exige “un plus”
de disponibilidad al servicio a España, absolutamente único y
singular. Comporta, por su propia naturaleza histórica y jurídica,
gravosos sacrificios y una entrega incesante al bien común de la
sociedad española y de todos los españoles. ¡No tengáis miedo
tampoco ante estas exigencias extraordinarias que os advienen a vuestra
vocación de esposos y familia cristiana por la responsabilidad histórica
que os toca asumir como matrimonio y familia del Heredero de la Corona
Española! También en esta difícil y costosa tarea experimentaréis la
victoria del amor de Cristo y de su Iglesia. No estáis solos en vuestro
camino. Sus Majestades, los Reyes de España, la Real Familia, vuestros
familiares y seres más queridos, el buen pueblo de España ¡están a
vuestro lado! Os acompañan la oración y las plegarias de un sinnúmero
de españoles, hijos de la Iglesia, y de otros muchos de buena voluntad.
La presencia de tantas y tan ilustres personalidades en esta ceremonia,
venidas de países y pueblos hermanos y amigos de todo el mundo, y que
tanto agradecemos, lo corrobora con creces. No os faltarán -lo sabéis
bien- la oración de aquellas almas que constituyen el tesoro más
valioso de la Iglesia de Cristo: la de las comunidades de vida
contemplativa, especialmente las femeninas. Os rodea y arropa la simpatía
general de los españoles. Los madrileños festejan y celebran vuestra
boda, viva aún la gratitud por el recuerdo entrañable de vuestra
solicitud por las víctimas del vil atentado terrorista del pasado 11 de
marzo.
“Amor saca Amor”, decía Santa Teresa de Jesús, refiriéndose a las
muestras de amor de Jesucristo dadas a los hombres y a la respuesta que
suscita en los buenos corazones. Es regla de oro que ha de seguirse si
se quiere que prospere y dé fruto abundante de bien, de felicidad y de
paz cualquier proyecto de vida matrimonial y familiar cristiano. Vuestro
amor matrimonial, sellado hoy ante Dios y ante los hombres, como un
Sacramento, inserto en el marco litúrgico del Santísimo Sacramento de
la Eucaristía, origen y culmen de toda la vida cristiana, está llamado
y destinado a “sacar amor” en vuestra familia y en España, a ser
instrumento de “la civilización del amor” como nos pedía el Papa
en su última e inolvidable visita a España.
¡Que Santa María de La Almudena, invocada con tantas gloriosas y
queridas advocaciones en todas las comunidades de España -Virgen de
Atocha, del Pilar, de Covadonga, de Guadalupe, de Montserrat, de Aránzazu,
de los Desamparados, del Rocío, de la Candelaria, de los Ojos Grandes y
tantas otras- os guarde en el amor salvador de su Hijo! ¡Que os
protejan el amparo y la intercesión de los innumerables Mártires y
Santos de España, desde Santiago Apóstol, su Patrono y Protector
insigne, hasta los más recientes, los cinco canonizados en la Plaza de
Colón el 4 de mayo del pasado año por Juan Pablo II: San Pedro Poveda,
San José María Rubio, Santa Genoveva Torres, Santa Angela de la Cruz,
Santa Maravillas de Jesús! ¡Santos de nuestro tiempo! ¿Y cómo no
invocar al santo y humilde matrimonio de San Isidro Labrador y Santa María
de la Cabeza, Patronos de Madrid, y a San Fernando III el Santo, y a
Santa Teresa de Jesús que coronan la fachada de nuestra Catedral?
Representan lo más valioso de nuestra historia común. Su compañía
invisible y amorosa no os faltará nunca en el itinerario de vida y amor
que hoy emprendéis con la gracia de Dios para la felicidad vuestra y de
vuestros hijos y para el bien y la paz de España.