“Mis
novelas son una forma de evangelización”, declaró Adalid hace
poco al diario “La Razón”. Este escritor extremeño empezó siendo abogado
y juez, pero a los 25 años se planteó marchar al seminario, y
actualmente es párroco de Alage, un pequeño pueblo de la diócesis
de Mérida-Badajoz. Ha publicado ya otras novelas: “El Mozárabe”,
“Félix de Lusitania”, “La tierra sin mal”, y “La luz del
oriente”. Según él, el éxito de sus novelas se debe a que “tienen
una trama de aventuras, hay rigor histórico, divierten y
rebosan espiritualidad”. “En mis libros”, dice, “hay una peregrinación
espiritual de los personajes, y esto es novedoso. Quien lea mis
libros descubrirá, posiblemente, el sentido de la vida, que no
es una fatalidad que está destinada al fracaso. La novela española
es pesimista y hay un culto desmedido por el placer y el dinero.
El bien hace poco ruido y el mal es estruendoso, y a los medios de
comunicación de hoy les interesan más el árbol que se cae y que
produce estruendo que el silencio permanente del bosque en
crecimiento”. Por eso, “El cautivo” puede ser una buena
compañía para sacarle provecho a las largas horas de descanso
veraniego.
Luis
María Monroy de Villalobos es un joven noble del siglo XVI que crece
entre las fantasías que en él despiertan los relatos de caballerías y
su deseo de formar parte de las huestes del rey. Su infancia, marcada
por dos grandes ausencias – la del abuelo materno, cautivo en tierra
de moros, y la del padre, capitán de los tercios que combaten contra
los protestantes – es el germen de una vida que reúne todas las
peculiaridades de aquella España cervantina, guerrera, mística y algo
irracional que, cautiva de sus grandiosos ideales, se ve abocada a la
terrible aventura de la guerra.
J.
Sánchez adalid, El cautivo (Ediciones B; Barcelona 2004) ISBN
84-666-1433-8; 496 p. 19,23 €.