En
junio de 2002 la Conferencia Episcopal de EEUU publicó una “Carta
para la protección de niños y jóvenes” con normas severas sobre la
actuación en los casos de abusos sexuales a menores cometidos por clérigos.
Esta Carta determinaba la creación de una Comisión que
realizara un “estudio comprehensivo de la causas y del contexto de la
presente crisis”. Integran esta comisión destacados juristas,
abogados y médicos. Las conclusiones de esta Comisión han sido
hechas públicas recientemente, y están disponibles en la página web
de la Conferencia Episcopal norteamericana (www.nccbuscc.org)
Según
los datos disponibles, el 9,7 % de los casos alegados comenzaron
en los años ’50; el 26,1% en los 1960s; el 35,5 % en los 1970s,; en
22,6 % en los 1980s; y el 6,2% empezaron entre 1990 y 2002. Los
sacerdotes ordenados en los comienzos de los años 70s han sido
acusados más frecuentemente de abusos que los sacerdotes ordenados en
otros períodos.
Había
75.694 sacerdotes entre 1950 y 2002. De ellos, 3.265 han sido
acusados de abusos a menores, es decir, el 4,3 por ciento. De
ellos, el 56 % han tenido una sola acusación, y el 27 % dos o tres
acusaciones. Casi 14 % tienen 4 ó 9 alegaciones, y sólo el 3 % de
ellos (149 sacerdotes) han sido los responsables de las casi
3.000 víctimas.
¿Cuáles
han sido las causas? El Informe es valiente en poner el dedo en
la llaga. Señala deficiencias en la selección de los candidatos al
sacerdocio y en la educación de los seminarios. Una formación
que privilegiaba el aspecto intelectual y que descuidaba la formación
humana y espiritual. Además, en los años ’60 y comienzos de los
’80 los seminarios “perdieron el norte” por la influencia de corrientes
críticas con la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad. El
creciente permisivismo hacia comportamientos homosexuales en la
sociedad ha influido negativamente en algunos seminarios, en los que se
creó una “subcultura gay” en los años 70s y 80s.. Una mala
aceptación del celibato sacerdotal por parte de algunos sacerdotes,
que no han aprendido a verlo como parte gozosa de su entrega sacerdotal,
sino como carga insoportable. Y, por último, un descuido de la oración
y de la vida interior.