Desde
el golpe de estado de 1999, Costa de Marfil vive una situación
confusa de casi guerra civil que se ha agravado estos días. Tras la
muerte de nueve soldados franceses y la intervención del ejército galo,
se desató entre algunos grupos la “caza del francés”. El gobierno
español envió esta semana un avión militar y un equipo de
“Geos” para repatriar a los españoles que desearan abandonar el país.
En Costa de Marfil residen 210 españoles, entre ellos 90
misioneros. Tal como informaban los diarios “La Verdad” y
“La Tribuna de Albacete”, allí viven dos misioneros albaceteños,
Mercedes Sánchez y Julio Almansa, quienes, como el resto de
los religiosos, han decidido quedarse.
Mercedes
Sánchez es Dominica de la Anunciata. Tiene 52 años, es natural de
Pozohondo, y lleva 25 años en Costa de Marfil, trabajando en un
centro de minusválidos en Bonoua, a 60 km de Abiyán, la capital
del país. “Acaba de llamarnos el carmelita Miguel, que es de Cuenca,
para decirnos que tenemos que pensar si nos vamos esta noche”,
comentaba, “Pero, ¿cómo nos vamos a ir y vamos a dejar aquí a
nuestras hermanas africanas? No vemos la necesidad de salir, estamos
tranquilos, rezando y en manos de Dios”. “Todo va despacio, pero
parece que desde esta mañana [jueves, 11 de noviembre], el trabajo ha
empezado a normalizarse”.
Julio
Almansa es un religioso carmelita de Villarrobledo que vive en
Costa de Marfil desde hace cinco años, después de haber pasado por
Burkina Faso y Camerún. Desarrolla su trabajo en Gonzaguewille, un
barrio de 35.000 habitantes de la capital, a 12 km de la
base militar francesa. Su misión cuenta con un dispensario, una
guardería, un orfanato y un centro social. “Nosotros estamos bien”,
comentaba, aunque relató que hace unos días, cuando regresaban de Togo,
donde había participado en la ordenación sacerdotal de un compañero,
tuvieron algún problema en los poblados fronterizos. “Tuvimos que
evitar las barricadas, incluso pagar en alguna ocasión, pero todo salió
bien”. Son situaciones que para ellos entran dentro de la
“normalidad” de su trabajo. “Ni perseguimos ninguna medalla, ni es
ninguna inconsciencia; simplemente los religiosos y religiosas del sector
no ven en lo que está pasando
una situación límite”.