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NOTA
DEL COMITÉ EJECUTIVO
DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
Acerca
de la objeción de conciencia ante
una ley radicalmente injusta que
corrompe la institución del matrimonio
Madrid, 5 de
mayo de 2005
El Gobierno
anunció hace un año su intención de regular civilmente el
matrimonio de una manera desconocida hasta ahora para la Humanidad.
Para casarse no importaría hacerlo con una persona del mismo sexo.
En la legislación española el matrimonio dejaría de ser la
indisoluble unión de vida y de amor de un hombre y de una mujer,
abierta a la procreación, para convertirse en un contrato sin
referencia alguna a la diferencia de sexos e incapaz, por tanto, de
prestar a la sociedad el incomparable servicio de dar cauce a la
complementariedad conyugal y de procrear y educar a los hijos. Ahora
parece que el Parlamento se muestra dispuesto a aprobar esta nueva
definición legal del matrimonio que, como es obvio, supondría una
flagrante negación de datos antropológicos fundamentales y una
auténtica subversión de los principios morales más básicos del
orden social.
El 15 de julio de
2004 publicamos una Nota titulada En
favor del verdadero matrimonio. Allí explicábamos las razones
que nos obligan a pronunciarnos en contra de este proyecto legal,
dado que nos corresponde anunciar el evangelio de la familia y de la
vida, es decir, la buena noticia de que el hombre y la mujer,
uniéndose en matrimonio, responden a su vocación de colaborar con
el Creador llamando a la existencia a los hijos y realizando de este
modo su vocación al amor y a la felicidad temporal y eterna.
Hoy, ante la
eventual aprobación inminente de una ley tan injusta, hemos de
volver a hablar sobre las consecuencias que comportaría este nuevo
paso. No es verdad que esta normativa amplíe ningún derecho,
porque la unión de personas del mismo sexo no puede ser matrimonio.
Lo que se hace es corromper la institución del matrimonio. Esa
unión es en realidad una falsificación legal del matrimonio, tan
dañina para el bien común, como lo es la moneda falsa para la
economía de un país. Pensamos con dolor en el perjuicio que se
causará a los niños entregados en adopción a esos falsos
matrimonios y en los jóvenes a quienes se dificultará o impedirá
una educación adecuada para el verdadero matrimonio. Pensamos
también en las escuelas y en los educadores a quienes, de un modo u
otro, se les exigirá explicar a sus alumnos que, en España, el
matrimonio no será ya la unión de un hombre y de una mujer.
Ante esta triste
situación, recordamos, pues, dos cosas. Primero, que la ley que se
pretende aprobar carecería propiamente del carácter de una
verdadera ley, puesto que se hallaría en contradicción con la
recta razón y con la norma moral. La función de la ley civil es
ciertamente más limitada que la de la ley moral, pero no puede
entrar en contradicción con la recta razón sin perder la fuerza de
obligar en conciencia.
En segundo lugar,
y como consecuencia de lo anterior, recordamos que los católicos,
como todas las personas de recta formación moral, no pueden
mostrarse indecisos ni complacientes con esta normativa, sino que
han de oponerse a ella de forma clara e incisiva. En concreto, no
podrán votar a favor de esta norma y, en la aplicación de una ley
que no tiene fuerza de obligar moralmente a nadie, cada cual podrá
reivindicar el derecho a la objeción de conciencia. El ordenamiento
democrático deberá respetar este derecho fundamental de la
libertad de conciencia y garantizar su ejercicio.
Es nuestro deber
hablar con claridad cuando en España se pretende liderar un
retroceso en el camino de la civilización con una disposición
legal sin precedentes y gravemente lesiva de derechos fundamentales
del matrimonio y de la familia, de los jóvenes y de los educadores.
Oponerse a disposiciones inmorales, contrarias a la razón, no es ir
en contra de nadie, sino a favor del amor a la verdad y del bien de
cada persona.
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