Desde
hace dos décadas la Iglesia norteamericana ha debido hacer frente a denuncias
por abusos de menores, por parte de sacerdotes y religiosos. A pesar de que
el problema ha afectado al 4,3 por ciento los sacerdotes de EEUU, ha
desatado una crisis sin precedentes. A este terrible asunto se refirió con
dolor el Papa en la Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo de este año.
La
Iglesia siempre ha tomado medidas estrictas para proteger al máximo la
confianza que los cristianos depositan en los sacerdotes, sobre todo en lo que
se refiere a la confesión, y a su función educativa con niños y jóvenes. A
los infractores se les aplican severas penas que van desde la excomunión, la
expulsión del estado clerical, y otras. Pero algunos obispos norteamericanos
mal aconsejados se habían
limitado a cambiar de lugar al sacerdote problemático, someterlo a un
tratamiento psicológico, con la esperanza de su regeneración. Los resultados
han sido nefastos.
En
otros tiempos, la “prudencia” aconsejaba resolver los escándalos a puerta
cerrada y sin salir a la luz pública. Pero este Papa tan sorprendente,
que ya rompió moldes con la petición de perdón por “las culpas de los
hijos de la Iglesia” durante el Jubileo, ahora se ha adelantado a
cualquier expectativa, y ha decidido hacerle frente a la luz de la opinión pública
mundial. Por ello esta pasada semana se reunió con los cardenales
norteamericanos y, contra lo que cabía esperar, decidió publicar su sentido y
claro discurso del pasado martes 23 de
abril: “la gente necesita saber que
no hay lugar en el sacerdocio y en la vida religiosa para quienes podrían dañar
a los jóvenes”. El Papa de la defensa de la dignidad de la persona humana
a rajatabla estaba dolido de este abuso de los más débiles por parte de
quienes debían dar ejemplo de santidad. El Papa está convencido que reconocer
la verdad, y actuar con valentía, traerá a la Iglesia una mayor purificación,
necesaria para evangelizar hoy.
El
periodista Ramón Pi decía en ABC el pasado 25 de abril: “El
Papa Juan Pablo II ha demostrado, con su inmediata reacción a afrontar el gravísimo
problema, cuánta razón le asiste cuando dice, aludiendo a sus dificultades de
andar, que la Iglesia no se gobierna con los pies, sino con la cabeza. Su
llamada a Roma a los cardenales estadounidenses y su importante y vigoroso
discurso significan, entre otras muchas cosas valiosas, que los graznidos que
reclaman su dimisión (sobre todo en el seno mismo de la Iglesia) carecen no sólo
de una mínima fe en el Espíritu Santo, sino también de fundamento humano
razonable”