El
cardenal Rouco visitaba el 12 de marzo el Hospital de la Princesa a las
víctimas del salvaje atentado del día anterior. De repente le sonó el
móvil: era el Papa. Cuando se produjo el atentado, Rouco estaba en Roma
en una reunión del Pontifico Consejo de la Cultura. Al enterarse de la
noticia tomó en seguida el avión de regreso a España. El Papa había
intentado hablar con él durante el vuelo, y no le había sido posible.
En la llamada telefónica, Juan Pablo II dijo que estaba “muy
conmovido”, se interesó por las víctimas, y dijo rezar por la paz y
el fin del terrorismo en España.
Por
invitación del cardenal, desde las parroquias cercanas se desplazaron
varias decenas de sacerdotes hasta el Ifema, la morgue donde se
depositaron los cadáveres de las víctimas, para ofrecer ayuda y
consuelo a las familias, a veces sólo con el silencio y ofreciendo un
hombro sobre el que llorar. Si cuando Cristo murió en la Cruz hasta
Dios Padre enmudeció, ¿qué palabras podrán consolar? Pero era un
deber estar ahí. Desde las primeras horas se celebraron varias eucaristías,
e incluso se instaló una improvisada capilla con el Santísimo. El
diario “La Razón” ofrecía el pasado 17 de marzo algunos
testimonios.
A
las pocas horas de que estallaran las bombas asesinas, los teléfonos de
decenas de parroquias de Madrid comenzaron a sonar. El arzobispo de la
capital, el cardenal Rouco Varela, quería movilizar a sus sacerdotes para
que se desplazasen hasta el recinto ferial de Ifema a dar consuelo y ayuda
espiritual a las víctimas y sus familiares. La respuesta fue inmediata.
Cientos de curas y monjas llegaron al pabellón del dolor, en donde se
fundieron con psicólogos, voluntarios y médicos. A las dos de la tarde
llegó a la improvisada morgue el primer obispo: uno de los auxiliares de
Madrid, monseñor Fidel Herráez. Éstas son las estremecedoras
experiencias que vivieron algunos de esos sacerdotes en la nave 10 de
Ifema. Álex Navajas - Madrid.-
El sacerdote agustino Ángel Camino, párroco de San Manuel y San
Benito, fue de los primeros en llegar al pabellón del dolor. «Me
llamaron a la parroquia. No lo dudé un instante», afirma. «Llamé a
otro compañero agustino y en media hora nos presentamos en el imponente
recinto. Nada más pisar la entrada principal, dos azafatas con una
cordialidad sorprendente nos acogen y nos llevan a las distintas salas.
Según caminamos, se percibe una emoción incontenible con profundo
respeto, orden, entrega, servicio», prosigue.
Un joven de 18 años
Su testimonio es suficientemente elocuente para escucharle sin
interrupciones: «Pude saludar a unas catorce familias. Quedarán siempre
en mi memoria. Recuerdo a un joven de 18 años; está con su amigo. No
tiene más familia. Su padre murió hace ocho años y ahora vivía solo
con su madre. La madre, el día 11, no trabajaba, y aprovechó para hacer
compras en Madrid. En Atocha encontró la muerte. Me dice: Ahora me quedo
solo. Sólo me quedan los amigos . Y yo le añado: Y un sacerdote que
también te quiere y reza por tu madre . Le di mi dirección. Luego me
encuentro con una familia numerosa. Había muerto una joven de 26 años.
Su madre, con un llanto que no la deja hablar, me dice: Justo hoy, el único
día que no la pude despedir al salir de casa; mi marido está destrozado;
no cree en los curas; usted verá si le puede decir algo . Me acerco a
saludarle, le doy un fuerte abrazo y él me responde con otro más fuerte
y me dice: Gracias, padre . Le comento: Sepa que en este abrazo está el
amor de muchos que os queremos . Finalmente me encuentro quizá con lo más
trágico: María de la Soledad iba sentada junto a una de las bolsas con
los explosivos. La han reconocido a través de las huellas. Totalmente
deshecha , me dice la hermana. ¿Qué casualidad!: sus hijos habían sido
bautizados en mi parroquia y aquí será su funeral por expreso deseo de
su esposo y padres. Todo ha sido escuchar y escuchar, consolar y acompañar
y en estos sencillos actos de amor la recompensa ha sido infinitamente
mayor. Apenas he visto gestos de rechazo. Todo lo contrario. Qué lección
de dolor transformado en amor, de sufrimiento inmolado».
El padre Santiago Martín, colaborador de este diario, fue de los pocos
sacerdotes que pudieron acceder al pabellón 6, adonde llevaban los cadáveres.
«Varias veces intenté entrar allí. El temor, comprensible, de las
autoridades a que las familias quisieran ir si se enteraban de que se iba
a hacer un responso, nos lo impidió. Hasta que por fin, ante el ruego del
obispo auxiliar de Madrid, monseñor Romero, se accedió a que cuatro
sacerdotes pudiéramos pasar. Me resulta muy duro evocar la escena y, de
hecho, tengo los síntomas que están diciendo que son típicos de los
afectados: no duermo, me duele el pecho, estoy nervioso. En el suelo
estaban los cadáveres metidos en sacos de plástico blancos o negros,
alineados como soldados que van a recibir una medalla: la que Dios les iba
a dar en el cielo. Algún saco estaba empapado en sangre y los había que
se habían roto y a través de ellos se veían los restos humanos que
contenían. Al acabar el responso, me puse de rodillas y me costó muchísimo
no echarme a llorar. Aún ahora, cuando escribo esto, se me humedecen los
ojos. Después fuimos pasando por los distintos grupos de víctimas, según
la zona donde habían sido asesinados, bendiciendo aquellos cuerpos
privados de vida. El obispo, con gran fortaleza de ánimo, les dio la
absolución bajo condición y a todos ellos les encomendamos a la Virgen»,
recuerda.
Un sacerdote de 81 años
El jesuita Alberto López Caballero, SJ, fue
quizás el sacerdote de más edad que se desplazó hasta Ifema. Poco después
de recibir el aviso del arzobispado de Madrid, el religioso, de 81 años,
llegó al recinto, «donde fui muy bien recibido, como un hermano más que
se compadece». «Recuerdo hablar con un joven desolado, con los ojos
rojos por las lágrimas, porque acababa de identificar el cadáver de su
esposa, con la que se había casado hacía tres años, y que estaba
esperando un hijo», señala. La experiencia y la edad del sacerdote
jesuita no bastaron: «Me quedé sin palabras, como una página en blanco».
En otra sala, el padre López encontró a una mujer que apretujaba entre
sus manos un crucifijo y que había perdido a su hija que estaba a punto
de dar a luz. «Iba a ser mi primer nieto», apenas alcanzaba a mascullar
la mujer. «A pesar del sufrimiento, me daba cuenta de que allí estaba
Dios. Se le podía encontrar de una manera distinta a como lo encuentras
en los sacramentos, en la oración o en los argumentos filosóficos»,
asegura.
«Fue muy impresionante el caso de aquel chico joven que había perdido a
su esposa en el atentado», señala el sacerdote Juan Carlos García de
Vicente. «Aunque le aconsejaron que no levantase la sábana que cubría
el cuerpo de su mujer, el joven lo hizo y estalló en llanto y cólera: ¿Cómo
te han dejado! , repetía golpeando las paredes y dando patadas. ¿Cómo
te han dejado! ¿Y qué le digo yo mañana a nuestra hija de 6 años que
han hecho con su madre! . Fueron momentos muy duros para los que estábamos
presentes. Muy conmovido, me acerqué a preguntarle si quería que rezáramos
un Padrenuestro por su esposa. Accedió entre lágrimas, y rezamos con la
voz entrecortada. Le despedí con un abrazo y con mi bendición. Desde
entonces todos los días le recuerdo cuando celebro la misa, para que el
Señor le consuele, le bendiga y le proteja», prosigue.
No meter la pata
El sacerdote Ignacio Álvarez, capellán del colegio mayor Montalbán,
acudió también al pabellón del dolor. Al salir de Ifema, un periodista
estadounidense le preguntó por su labor allí. Tras responderle, el
periodista le dijo que «su profesión de sacerdote sí que es importante,
más que la mía». «También respondí a preguntas de otra periodista
francesa, y noté un gran interés por parte de los medios informativos
hacia el clero. Muchos parientes se acercaron a los sacerdotes para pedir
consuelo. Buscaban el refugio de Dios. También yo me acercaba, y pedía a
mi ángel de la guarda que me ayudara a ser oportuno y no meter la pata»,
apostilla.
Pero, sin duda, uno de los testimonios más conmovedores fue el que ha
recogido la página web de los marianistas (www.marianistas.org).
María Pilar, una madre que ha perdido a su joven hijo, ha dirigido una
carta a la web en la que asegura que «a pesar de todo el dolor de nuestro
corazón, estamos experimentando la ternura de Dios a través de todas las
innumerables personas que han llorado con nosotros». La misiva continúa
pidiendo una oración «no por mi hijo, que ya está con el Padre, sino
por los asesinos de hecho y los que han manejado esos hilos, para que
lleguen alguna vez a encontrar el amor que necesitan para curar su mal».
«Nosotros hemos prometido ante su cadáver que lucharemos por lograr,
aunque sea una pizca, que esta lacra se extinga. Somos más los que
amamos. ¿Nos van a poder?», se pregunta la madre.
El padre Juan José Ibáñez, párroco de Nuestra Señora de la
Misericordia, pudo comprobar cómo «aquellas personas que tenían una
relación frecuente con Dios, merced a su propia experiencia de vida
cristiana, soportaban con mayor serenidad y fortaleza la comunicación de
que su ser querido estaba entre las víctimas mortales». «Esto que narro
lo viví especialmente con una familia de Toledo, padres, hermana, hermano
político, tíos y tías de Miguel Ángel, familia a la que acompañé
hasta el último momento, y fueron un ejemplo por cómo consiguieron sacar
fuerzas para sobreponerse ante semejante trance. En mi oración siguen
presentes y lo seguirán estando todavía mucho tiempo», confiesa.
Otros que tuvieron suficiente trabajo durante esos días fueron los
capellanes de los hospitales adonde llevaron a los heridos. El del
Gregorio Marañón, el padre Jesús Herrero, recuerda que «el jueves subí
a la planta tercera a visitar a un ecuatoriano que se encontraba medio
sedado. Al decirle que era el capellán, abrió los ojos llenos de alegría
y me dijo: Padre, hay que dar gracias a Dios por los que han sobrevivido y
rezar por los que no lo consiguieron . Es impresionante la entereza de las
víctimas».
El padre Fructuoso, del hospital de La Paz, recuerda que «algunas víctimas
pedían confesarse y agradecían, al igual que los familiares, ayuda
espiritual. Mi ayuda se centró sobre todo en los familiares que llegaban
buscando a sus hijos».
Un hombro para apoyarse
«Nuestra ayuda se ha basado principalmente en dar ánimos, en dar amor y
en escuchar mucho», explica el capellán del Hospital Clínico, el padre
Mariano. «Donde hay dolor es preciso el amor. Yo les decía que hay que
dar gracias por lo que hemos tenido, porque eso no se olvida. Las personas
no mueren si siguen viviendo en nuestros corazones. En nosotros han
encontrado un hombro en el que apoyarse. En estas situaciones, el consuelo
espiritual ayuda mucho. La fe es muy importante, ya que Dios te da la
fuerza para superar el trance», concluye. Han colaborado en este
reportaje: Mar Velasco, Loreto Velázquez, Mónica Vázquez y José
Antonio Méndez