“En Roma sean romanos...” Son las palabras de Juan Pablo II en
su libro “Don y misterio”. Yo las cito para contarles algo sobre lo
que ha significado para mí estudiar –vivir– durante cuatro años
en Roma. Soy un seminarista de El Salvador, comencé mi último año en
Roma, vivo en el Colegio Eclesiástico Internacional “Sedes Sapientiae”,
y soy estudiante de la Facultad de Teología en la Universidad Pontificia
de la Santa Cruz. En mi Colegio estamos este año 85 seminaristas de 27 países
diferentes (filipinos, indios, españoles, etc....), y tuvimos ocho diáconos.
La lengua oficial es el italiano, ero como hay una gran presencia de
latinoamericanos, el español está muy difundido.
La buena convivencia en
el Colegio y en la Universidad (se encuentra en un extremo de la Plaza
Navona) está asegurada por la comunión de intereses que tenemos los que
vivimos allí. Nos une la ilusión por ser sacerdotes y el deseo de
formarnos académica y espiritualmente para servir mejor a la Iglesia.
Nuestro Colegio está ubicado en el barrio del Trastévere, el más
“romano” de todos los barrios de Roma. Estamos a orillas del Tíber,
muy cerca de donde comenzó la “civilización romana” (el Foro romano,
etc.), y mejor aún, a 15 minutos a pie del corazón del cristianismo: la
Basílica de san Pedro y la Ciudad del Vaticano, sede del 235º Sucesor de
san Pedro, a quien tuve la dicha de saludar personalmente en noviembre de
2001.
¿Qué significa para mí
formarme en Roma? Es una experiencia muy enriquecedora en varios niveles:
Como persona, he podido crecer en el conocimiento de otras culturas, de
valores que compartir con gente de Birmania, de Vietnam o de Tanzania; cómo
tratarlos y cómo aprender también de ellos. Como estudiante, el salto de
calidad es impresionante; el estudio, como sabemos, es difícil, pero en
las universidades romanas lo es más todavía, y los retos que ofrece el
mundo actual exigen la mejor preparación posible. Y finalmente, pero el más
importante, a nivel espiritual he podido crecer más en mi amor por la
Iglesia, no en modo abstracto, sino en una situación concreta: ser católico
y estudiar en Roma significa sentir el palpitar del corazón cuando se
contempla la imponente basílica de san Pedro; cuando se escucha la voz de
su sucesor, el Papa; cuando se ven los 2.000 años de cristianismo; cuando
se ve gene tan diferente de lugares tan lejanos y que sin embargo nos
entendemos con el lenguaje de la fe: el amor, la "caridad
cristiana". No puedo por eso terminar sin agradecer a Dios por este
favor que me ha concedido, favor inmerecido y que exige de mí el mayor
esfuerzo para aprovechar al máximo este último año en la "Ciudad
Eterna". He comenzado ahora a entender lo que el Papa quería decir
con "Aprender Roma".
Javier
Urías Martínez Lones, seminarista de la diócesis de Santa Ana (El
Salvador)