El
diario “Marca”
difundía el pasado 3 de febrero la noticia que llenaba la prensa
italiana del fin de semana: Simone Strozzi, de 28 años, árbitro de la
Serie A de la liga de baloncesto italiana, dirigente de la empresa
Lampogas, de Parma, dejaba todo para ingresar en el noviciado de los Misioneros
Javerianos
en Desio. El 1 de febrero arbitró su último partido en Varese entre el
equipo local y el Nápoles; al final del partido, los participantes le
regalaron un balón firmado por todos ellos.
“Quiero
poner mi vida en manos de Jesucristo: éste era el proyecto que Él tenía
para mí”, dice el ex–árbitro. “Ya con trece años le pedí a mi
madre que me dejase seguir por ese camino. Pero soy de orígenes
modestos y el último de cuatro hijos. En el silencio de la mirada de mi
madre entendí que primero debía echar una mano en casa. Mis hermanos
querían casarse y yo tenía que ayudar a la economía de la casa. Por
eso estudié geometría y obtuve un diploma. Luego intenté la carrera
de jurisprudencia, de la que me faltan once exámenes. Y encontré
trabajo: hasta el viernes pasado he sido responsable del reparto de una
importante empresa de Parma que distribuye gas propano líquido. Con
parte del dinero que gané he ayudado a los míos a que se compren una
casa y que ahorren un poco de dinero”.
“No
he sido un gran atleta”, reconoce, “e incluso en el baloncesto era
mediocre; ser árbitro me ha permitido ayudar a los demás, a los buenos
jugadores, a conocerse a sí mismos y a desarrollar sus talentos. Por
dos pichones y una habichuela: hasta los ochocientos euros por partido
de la Serie A, categoría que conseguí en 2001, han ido para mi
familia. Yo, a cambio, he aprendido a guiar a los hombres”. El deporte
le ha hecho mejor, y le ha hecho comprender los valores de la
solidaridad, del grupo y de la amistad. “El baloncesto te ayuda, en
este sentido: está dentro de lo razonable. No sé cómo son capaces de
resistir, entre juicios y polémicas, los colegas del fútbol”.
Simone
ha sido colaborador habitual de su parroquia en Via Repubblica, de Parma,
y recientemente participó en el proyecto “Permisos
de residencia en nombre de Dios”, a favor de inmigrantes sin
papeles. A partir de ahora se dedicará durante ocho años a su
formación sacerdotal y misionera en el instituto de los Misioneros
Javerianos, presentes en Japón, Indonesia, Bangladesh, Filipinas, Taiwán
(China), Brasil, México, Colombia, Estados Unidos, España, Italia,
Francia, Gran Bretaña, Sierra Leona, Camerún, Chad, Mozambique,
Burundi y R.D. Congo.
"¿Y
la novia?", le preguntaba una persona durante la cena de despedida
en su parroquia de Parma. "Nunca he pensado tener familia, como se
dice en estos casos, decía Simone mientras se reía por la emoción de
una pregunta imprevista. "He tenido mis experiencias: tengo 28
años, es normal. Sin embargo, siempre he pensado que mi familia era el
mundo, como decía nuestro fundador, el beato Guido Maria
Conforti".