PALABRAS INICIALES
Os saludo con cariño, jóvenes de Madrid y de
España! Muchos de vosotros habéis venido de lejos, desde todas las diócesis
y regiones del país, de América y de otros países del mundo. Estoy
profundamente emocionado por vuestra calurosa y cordial acogida. Os confieso
que deseaba mucho este encuentro con vosotros.
Os
saludo y os repito las mismas palabras que dirigí a los jóvenes en el
estadio Santiago Bernabéu, durante mi primera visita a España, hace ya más
de veinte años: «Vosotros sois la esperanza de la Iglesia y de la sociedad.
Sigo creyendo en vosotros, en los jóvenes». Os abrazo con gran afecto, y
junto con vosotros saludo también a los obispos, sacerdotes y demás
colaboradores que os acompañan en vuestro camino de fe. Agradezco la
presencia de Sus Altezas Reales (por lo menos espiritualmente, están con
nosotros), el Príncipe de Asturias, los duques de Lugo y los duques de Palma,
así como de las autoridades del Gobierno español.
Quiero agradecer también las amables palabras de bienvenida que, en nombre de
todos los presentes, me han dirigido monseñor Braulio Rodríguez, Presidente
de la Comisión episcopal de Apostolado seglar, y los jóvenes Margarita y José.
Saludo también a monseñor José Manuel Estepa… (¿Sabéis quién es? Es el
arzobispo castrense). Saludo a las autoridades militares que nos acogen en
esta base aérea.
Queridos jóvenes, en vuestra existencia ha de brillar la gracia de Dios, la
misma que resplandeció en María, la llena de gracia. Con gran acierto habéis
querido en esta Vigilia meditar los misterios del Rosario llevando a la práctica
la antigua máxima espiritual: A Jesús por María. Ciertamente, en el Rosario
aprendemos de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a
experimentar la profundidad de su amor. Al comenzar esta oración, por lo
tanto, dirijamos la mirada a la Madre del Señor, y pidámosle que nos guíe
hasta su Hijo Jesús: «Reina del cielo, ¡alégrate!/ Porque Aquel, a quien
mereciste llevar en tu seno,/ ¡ha resucitado! ¡Aleluya!»
DISCURSO DE JUAN PABLO II
Conducidos de la mano de la Virgen María y acompañados por el ejemplo y
la intercesión de los nuevos santos, hemos recorrido en la oración diversos
momentos de la vida de Jesús.
El Rosario, en efecto, en su sencillez y profundidad, es un verdadero
compendio del Evangelio y conduce al corazón mismo del mensaje cristiano: «Tanto
amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él
no perezca, sino que tenga vida eterna».
María, además de ser la madre cercana, discreta y comprensiva, es la mejor
maestra para llegar al conocimiento de la verdad a través de la contemplación.
El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de
contemplación. Sin interioridad la cultura carece de entrañas, es como un
cuerpo que no ha encontrado todavía su alma. ¿De qué es capaz la Humanidad
sin interioridad? Lamentablemente, conocemos muy bien la respuesta. Cuando
falta el espíritu contemplativo no se defiende la vida y se degenera todo lo
humano. Sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma
integridad.
Queridos jóvenes, os invito a formar parte de
la Escuela de la Virgen María. Ella es modelo insuperable de contemplación y
ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora. Ella os
enseñará a no separar nunca la acción de la contemplación, así contribuiréis
mejor a hacer realidad un gran sueño: el nacimiento de la nueva Europa del
espíritu. Una Europa fiel a sus raíces cristianas, no encerrada en sí
misma, sino abierta al diálogo y a la colaboración con los demás pueblos de
la tierra; una Europa consciente de estar llamada a ser faro de civilización
y estímulo de progreso para el mundo, decidida a aunar sus esfuerzos y su
creatividad al servicio de la paz y de la solidaridad entre los pueblos.
Amados jóvenes, sabéis bien cuánto me preocupa la paz en el mundo. La
espiral de la violencia, el terrorismo y la guerra provoca, todavía en
nuestros días, odio y muerte. La paz –lo sabemos– es ante todo un don de
lo Alto, que debemos pedir con insistencia y que, además, debemos construir
entre todos mediante una profunda conversión interior. Por eso, hoy quiero
comprometeros a ser operadores y artífices de paz. Responded a la violencia
ciega y al odio inhumano con el poder fascinante del amor. Venced la enemistad
con la fuerza del perdón. Manteneos lejos de toda forma de nacionalismo
exasperado, de racismo y de intolerancia. Testimoniad con vuestra vida que las
ideas no se imponen, sino que se proponen. ¡Nunca os dejéis desalentar por
el mal! Para ello necesitáis la ayuda de la oración y el consuelo que brota
de una amistad íntima con Cristo. Sólo así, viviendo la experiencia del
amor de Dios e irradiando la fraternidad evangélica, podréis ser los
constructores de un mundo mejor, auténticos hombres y mujeres pacíficos y
pacificadores.
Mañana tendré la dicha de proclamar cinco nuevos
santos, hijos e hijas de esta noble nación y de esta Iglesia. Ellos «fueron
jóvenes como vosotros, llenos de energía, ilusión y ganas de vivir. El
encuentro con Cristo transformó sus vidas. Por eso, fueron capaces de
arrastrar a otros jóvenes, amigos suyos, y de crear obras de oración,
evangelización y caridad que aún perduran».
Queridos jóvenes, ¡id con confianza al encuentro de Jesús!, y, como los
nuevos santos, ¡no tengáis miedo de hablar de Él! pues Cristo es la
respuesta verdadera a todas las preguntas sobre el hombre y su destino. Es
preciso que vosotros, jóvenes, os convirtáis en apóstoles de vuestros coetáneos.
Sé muy bien que esto no es fácil. Muchas veces tendréis la tentación de
decir como el profeta Jeremías: «¡Ah, Señor! Mira que no sé expresarme,
que soy un muchacho». No os desaniméis, porque no estáis solos: el Señor
nunca dejará de acompañaros, con su gracia y el don de su Espíritu.
Esta presencia fiel del Señor os hace capaces
de asumir el compromiso de la nueva evangelización, a la que todos los hijos
de la Iglesia están llamados. Es una tarea de todos. En ella los laicos
tienen un papel protagonista, especialmente los matrimonios y las familias
cristianas; sin embargo, la evangelización requiere hoy con urgencia
sacerdotes y personas consagradas. Ésta es la razón por la que deseo decir a
cada uno de vosotros, jóvenes: si sientes la llamada de Dios que te dice: ¡Sígueme!,
no la acalles. Sé generoso, responde como María ofreciendo a Dios el sí
gozoso de tu persona y de tu vida.
Os doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años. Desde
entonces han pasado 56. [Continúa, en respuesta a los jóvenes que le
interrumpen:] ¡56 años! ¿Cuántos años tiene el Papa? ¡Casi 83! [Los jóvenes
corean: «Eres joven»] ¡Un joven de 83 años! ¡Bien! Al volver la mirada
atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena
dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del
hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!
[Los jóvenes no quieren dejarle marcharse] ¿Cuántas
horas quedan para la medianoche? 3 horas para la medianoche. Bueno, ¡hay
velas! Al concluir mis palabras [protestas]… Al concluir mis palabras…
[protestas] Al concluir mis palabras... Se debe concluir. Quiero invocar a María,
la estrella luminosa que anuncia el despuntar del Sol que nace de lo Alto,
Jesucristo:
¡Dios te salve, María, llena de gracia!
Esta
noche te pido por los jóvenes de España,
jóvenes
llenos de sueños y esperanzas.
Ellos
son los centinelas del mañana,
el
pueblo de las bienaventuranzas;
son
la esperanza viva de la Iglesia y del Papa.
Santa
María, Madre de los jóvenes,
intercede
para que sean testigos de Cristo resucitado,
apóstoles
humildes y valientes del tercer milenio,
heraldos
generosos del Evangelio.
Santa
María, Virgen Inmaculada,
reza
con nosotros,
reza
por nosotros.
Amén.