Cristo
es la alegría del mundo. Por eso la alegría forma parte
de la vida cristiana. San Pablo dice: “Estad siempre
alegres; os lo repito: estad alegres” (Flp 3,4). Y entre las
últimas palabras de Jesús están éstas: “Os volveré a
visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os quitará vuestra
alegría” (Jn 16,22).
Un turista extranjero comentaba al entrar en una iglesia
que las “vírgenes” españolas estaban siempre llorando.
Desde luego, tiene parte de razón, aunque sea exagerado. María
nos ha traído a Cristo, la alegría del mundo. Ella está
unida a la alegría, incluso en la prueba del dolor y de
la cruz. En el Magníficat, dice:
“Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado
la humillación de su esclava” (Lc 1,47). Ella es testigo
excepcional del poder de Dios y de la cercanía de su Reino. Su
alegría es como la de esa Jerusalén que canta Isaías:
“Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios” (Is
61,10). El ángel la saluda diciéndole: “Alégrate”
(Lc 1,28). Ella contagia a su alrededor esa alegría especial
que tienen las personas que están cerca de Dios, y en su
presencia el hijo de Isabel salta de gozo (cf. Lc 1,44).
(La
imagen está tomada de Galería
Ágora marianista)