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“Después
de Jesucristo, y sin duda a la distancia que hay entre el ser
Infinito y el ser finito, hay una criatura que fue también la
gran morada de gloria de la Santa Trinidad. Ella respondió
plenamente a la elección divina, de la que habla el Apóstol:
ella fue siempre ‘pura, inmaculada, irreprensible’ a los
ojos de Dios, el tres veces Santo. Su alma es sencilla. Ella
parece reproducir en la tierra la vida del Ser divino, el Ser
simple. Ella es tan trasparente, tan luminosa, que se la tomaría
por la luz, aunque ella no es más que el ‘espejo’ del Sol
de justicia: “Speculum justitiae”.
Estas
palabras de la beata Isabel de la Trinidad (1880-1906)
recogen el sentido de este “nombre” de María, “Espejo de
justicia”. Por “justicia”, la Biblia entiende “santidad,
perfección”. En ninguna criatura como en María tenemos un
reflejo tan claro de lo que es la santidad de Dios. A
ella se puede aplicar el texto del libro de la Sabiduría: “La
sabiduría es el resplandor de la luz eterna y espejo inmaculado
de la actividad de Dios y una imagen de su bondad” (Sb 7,26). Juan
Pablo II dice: “Entre todos los creyentes es como un
‘espejo’ donde se reflejan del modo más profundo y claro
‘las maravillas de Dios’ (He 2,11)” (Redemptoris Mater 25)
(La
imagen está tomada de Galería
Ágora marianista)
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Dios,
Padre bueno,
que
en María,
primicia
de la redención,
nos
has dado
una
madre
de
inmensa ternura,
abre
nuestros corazones
a
la alegría del Espíritu,
y
haz que,
a
imitación de la Virgen, sepamos alabarte
por
las maravillas realizadas en Cristo,
tu
Hijo.
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