Durante el Adviento celebramos la voluntad de Dios
de salvar a todos los hombres, a través de la promesa
hecha a Abraham y a los padres del pueblo de Israel. La
promesa de la salvación se va abriendo camino por medio de la
Ley que Dios da a Moisés y de los profetas. Dios
escoge a David como rey de su pueblo, y promete que de su
descendencia nacería el Mesías. Los libros del Antiguo
Testamento, al anunciar la venida de Cristo, “van sacando
a la luz progresivamente y cada vez con mayor claridad la figura
de una mujer, Madre del Redentor”, como afirma el Concilio
Vaticano II (Lumen Gentium 53).
María es hija de Adán por ser mujer. Ella es hija
del pueblo judío, al que perteneció toda su vida y dentro
de cuyo ritmo de piedad y oraciones se alimentó su fe. Ella es hija
de Abraham también por la fe, porque por el anuncio del ángel
acogió en su corazón la misma Palabra que después concebiría
en su vientre. Santa María, obedeciendo con sincero corazón la
Ley que Dios dio al pueblo judío, y abrazando con toda el alma
la voluntad de Dios, como enseña el Concilio Vaticano II,
“destaca entre los humildes y pobres del Señor, que de él
esperan confiadamente la salvación”
(La
imagen está tomada de Galería
Ágora marianista)