María es la “hija predilecta del Padre”, como
la llama el Concilio Vaticano II. Dios Padre, al destinarla para
ser Madre de su Hijo, la eligió entre todas las criaturas. Por
eso en el primer momento de la Historia de la Salvación, Dios
anuncia que pondrá enemistad entre la serpiente y la mujer: el
hijo de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente (cf. Gn
3,15).
Esta
promesa se cumple sobre todo con el anuncio del ángel.
Las primeras palabra que el Padre le dirige a María a través
de Gabriel, “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1,28), son una
invitación a vivir la alegría, y una revelación de que
Dios quiere comunicar a la humanidad la alegría verdadera
y definitiva. La alegría del Padre es estar
siempre con el Hijo.
Dios la ofrece a todos, y antes que a nadie, se la
encomienda a María, para que a través de Ella toda la
humanidad pueda compartirla. Las palabras del ángel :“Llena
de gracia” son como el “nombre” que el Padre le
ha dado a María desde toda la eternidad. Desde su concepción
está llena de una santidad plena. En el rostro de María
se reflejará el rostro misterioso del Padre. La ternura
de Dios-Amor se nos revela en la ternura
de la Madre de Jesús.
(La
imagen está tomada de Galería
Ágora marianista)