El Concilio Vaticano II, después de haber
proclamado a María “miembro muy eminente”, “prototipo”
y “modelo” de la Iglesia, afirma: “La Iglesia católica,
instruida por el Espíritu Santo, la honra como madre amantísima
con sentimientos de piedad filial” (Lumen Gentium,
53).
En realidad, el texto del Concilio no emplea el título “Madre
de la Iglesia”, pero expresa de forma clara lo que viene
siendo la fe cristiana sobre la presencia de la Virgen en el misterio
de la Iglesia, sobre todo a partir del Papa Benedicto XIV
(1748), y que emplean León XIII, Juan XXIII y Pablo VI. Ya san
Ireneo, en el siglo III, dice que “el seno puro de la Virgen
vuelve a engendrar a los hombres en Dios”. San Ambrosio dice
que “Una Virgen ha engendrado la salvación del mundo, una
Virgen ha dado vida a las cosas”.
Así se refleja la convicción de los fieles
cristianos, que ven en María no sólo la Madre de Cristo, sino
también de los fieles. Ella es reconocida como Madre de la
salvación, de la vida y de la gracia, Madre de los salvados y
Madre de los vivientes. Ella trabaja activamente en el
“nacimiento” de los hijos de Dios mediante la fe y el
bautismo, y por eso la llamamos “Madre de la Iglesia”.
(La
imagen está tomada de Galería
Ágora marianista)