| |
|
“Pudo,
quiso, luego lo hizo”.
Las palabras del beato Juan Duns Escoto, simples y al
mismo tiempo con una lógica aplastante, nos ayudan a entender
esta obra del Dios que es la Inmaculada Concepción de la Virgen
María. “Pudo, porque era Dios. Quiso, porque era Hijo. Luego
lo hizo, porque era Dios y también Hijo”.
Los cristianos hemos tenido siempre le convencimiento de
la plenitud de santidad de la Virgen. Dios la hizo así,
porque era una “mujer especial” para una “misión
especial”. Esta santidad de María abarca su vida
entera, porque ningún rincón de su corazón ni ningún
momento de su vida estuvo oculto a los ojos de Dios. Ella es la
“Panagia”, la “Todasanta”, como la llaman los
cristianos orientales. Por eso, el pueblo cristiano ha ido
tomando conciencia de que su santidad se remonta al primer
instante de su existencia terrena, el momento de su concepción.
En ella no existía ni siquiera la sombra del pecado original.
Ella es la primera redimida de Cristo. Ella es el comienzo de
esta humanidad redimida que es la Iglesia. En ella el ser humano
recupera la juventud y la hermosura que el pecado le había
robado.
|
 |
|
En
verdad
es
justo y necesario,
es
nuestro deber y salvación
darte
gracias
siempre
y en todo lugar,
Señor,
Padre santo,
Dios
todopoderoso y eterno.
Porque
preservaste
a
la Virgen María
de
toda mancha
de
pecado original
para
que
en
la plenitud de la gracia
fuese
digna madre de tu Hijo
y
comienzo e imagen
de
la Iglesia,
esposa
de Cristo,
llena
de juventud
y
de limpia hermosura.
Purísima
había de ser, Señor,
la
Virgen que nos diera
el
Cordero inocente
que
quita
el
pecado del mundo.
Purísima
la que,
entre
todos los hombres
es
abogada de gracia
y
ejemplo de santidad
|
|