Entre los seres
humanos, el poder es muchas veces fruto de la violencia,
de la opresión y la imposición de la voluntad propia sobre los
demás. En Dios, no es así. Dios manifiesta su poder de
forma especial en el perdón y la misericordia, y
nos ha llegado a través de la debilidad de la Cruz de Cristo.
La fortaleza de la Virgen María está fundada en
su misma “debilidad”, en su confianza infinita en
Dios. En su corazón calaron profundamente las palabras del ángel:
“Para Dios nada hay imposible” (Lc 1, 37). María responde:
“Aquí está la esclava del Señor. Que se cumpla en mí tu
palabra”. Y es precisamente la simplicidad de su confianza
absoluta en Dios lo que la hace tan poderosa. Dios se ha fijado
en su humildad, se ha enamorado de su pobreza, y por eso
consigue de Dios todo lo que le pide.
La persona rica y autosuficiente no necesita pedir. No
sabe pedir. Sólo los pobres suplican. La súplica
constante de María es la expresión de su pobreza ante Dios.
Nunca aprenderemos a rezar, a esperar de Dios con la confianza
de un niño, si no entramos en la “escuela de la Virgen María”.
Ella es el modelo de la Iglesia suplicante.
(La
imagen está tomada de Galería
Ágora marianista)