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Padre santo,
que en el camino de la Iglesia,
peregrina en la tierra,
has puesto
como signo luminoso
a la Virgen María.
Por su intercesión,
aumenta nuestra fe,
y reaviva nuestra esperanza,
para que ningún obstáculo
nos desvíe del sendero
que nos lleva a la salvación. |
En
uno de los poemas del Cantar de los Cantares, el amado dice esta
alabanza de su novia: “Es tu cuello torre de David, construida con
sillares, de la que penden miles de escudos, miles de adargas de
capitanes” (Ct 4,4). En Jerusalén, cerca de la Puerta de Yafo,
se encuentra una fortaleza antigua, de época herodiana, con añadidos
del periodo omeya y cruzado, que durante mucho tiempo se creyó que eran
los restos del palacio del rey David, la “Torre de David”.
Actualmente alberga un museo de historia de Jerusalén, aunque todavía
se le llama “Torre de David”.
La simbología de la torre alude, por un lado, a la
fortaleza y a la resistencia, y por otro, al cielo,
hacia donde apunta. María es la “mujer fuerte” (cf. Pro 31),
que ha vencido al mal con la belleza del bien. Una fortaleza que arranca
de su fe, de su confianza infinita en Dios. Como dice la primera
carta de Juan, “Esta es la victoria que está venciendo al mundo,
vuestra fe” (1 Jn 5,4). Al mismo tiempo, María es la mujer que apunta
“hacia arriba”, como la torre. Ella nos señala el camino de
la Iglesia y el camino de toda la humanidad, que encuentra el sentido de
su peregrinación en Cristo.
(La
imagen está tomada de Galería
Ágora marianista)