Artículo
publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino"
del diario L'Avvenire el 1
diciembre 2004
“Estoy aprendiéndote,
hombre / te aprendo despacio, despacio / Por este difícil estudio /
goza y sufre el corazón”
Jerzy Liebert
(1904-1931) habría quedado para mí y para muchos otros un nombre
desconocido si no nos hubiéramos encontrado con estos versos, citados
por Juan Pablo II en su libro “¡Levantaos, vamos!”. En realidad,
hace un mes, durante una serie de conferencias dadas en Polonia he
conseguido conocer por el público qué popular era este poeta, muerto
con sólo 27 años, sobre todo como autor de textos de canciones
populares. El Papa lo comentaba así estos versos: “Todo hombre es una
persona única, y por tanto no puedo programar a priori un determinado
tipo de relación que valga para todos, sino que debo, por así decir,
aprenderlo cada vez desde el principio”.
Sí, es cierto,
toda persona es un microcosmos siempre nuevo y sorprendente y es
necesario pacientemente aprender el mapa, si se quiere estar al lado de
sus dolores, responder a sus preguntas, compartir sus esperanzas.
Incluso la mujer o el hombre que está cerca de ti tiene dentro tantos
espacios secretos que sólo con atención amorosa pueden ser
descubiertos y sólo por amor se pueden desvelar. Es, como dice
justamente el poeta, “un difícil estudio”, pero sólo por este
camino se consigue establecer un vínculo auténtico y se puede conocer
a la humanidad. Cierto, a veces – como afirmaba un gran Goethe – el
hombre es un “microcosmos de locura”; pero es también “imagen y
semejanza de Dios”, y como tal capaz de grandezas escondidas, de
mensajes sorprendentes, de amores generosos y totales. Y conociéndolo,
obviamente nos conocemos a nosotros mismos.