Artículo
publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino"
del diario L'Avvenire el 2
diciembre 2004
Hace
tiempo se escuchaba a menudo la frase: “¿Pero a usted no le da vergüenza?”.
Hoy ya no se escucha. Probablemente porque la respuesta sería: “Es
obvio que no me avergüenzo. ¿Por qué debería avergonzarme?” Vergüenza
es una palabra desaparecida...
La
vergüenza es el sentimiento que se experimenta cuando se sabe que se ha
cometido un acto que la conciencia moral condena. Así leo en el
coloquio entre M. Viroli y Norberto Bobbio, “Diálogo sobre la república”
(Laterza 2001). El filósofo, desaparecido este año, pone el índice en
un aspecto desconcertante en varios niveles, comenzando desde la política
para bajar hasta los comportamientos cotidianos. Ya no nos avergonzamos
porque hemos vendido la conciencia moral. Incluso, hemos llegado al
punto de callar todo remordimiento mintiendo sin ningún pudor, primero
en público, y después a nosotros mismos. El profeta Isaías amenazaba:
“¡Ay de los que llamar bien al mal, y mal, al bien, y cambian las
tinieblas en luz, y la luz, en tinieblas” (5,20).
Impresiona,
por tanto, la arrogancia de la inmoralidad, el atrevimiento en la
actuación, la desvergüenza al justificarse. En nuestros días se podría
repetir la famosa pregunta de Hamlet: “Oh, Vergüenza, ¿dónde está
tu rubor?” (III, 4). De hecho, no se tiene ni siquiera ese signo
exterior que revelaba un borbotón interior de moralidad, un susurro de
la conciencia. La expresión “cara dura” (“faccia di bronzo”) se
adecua bien a muchos que con imprudencia escalan posiciones sociales,
incluso tras acciones abiertamente injustas. O a los que están
preparados, por servilismo o por interés privado, a incensar a figuras
discutibles u operaciones ilícitas, sin ningún incomodo o reticencia.
Si ya no somos capaces de esto, aprendamos de nuevo a avergonzarnos y a
sonrojarnos.