Artículo
publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino"
del diario L'Avvenire el 3
diciembre 2004
A veces me
pregunto porqué los jóvenes se ríen tanto, y los viejos, tan poco, y
me respondo que la experiencia de la vida quita a la mayoría las ganas
de reír. No es cierto que “una sonrisa cuesta poco”. De hecho, es
resultado de un estado de serenidad, es decir, de una armonía psíquica
que no siempre acompaña toda la vida.
Se dice que un
niño de cinco años ríe hasta cuatrocientas veces al día, mientras un
adulto lo hace como mucho quince veces (si tiene un carácter
optimista). La explicación está en la cita que he sacado del libro
Libertà d’invecchiare (Libertad de envejecer) (Sei, 1992), del
psiquiatra Giacomo Dacquino. Su análisis es simple, pero indiscutible.
Tiene todavía más razón cuando continúa con otro ejemplo: “A veces
viendo esos espectáculos de televisión con risas del público
incluidas me pregunto si no se han equivocado en el momento de
introducirlas. Yo no encuentro nada de lo que reírme”.
Dacquino nos
recuerda que hay una gran diferencia entre la risa inmediata y con un
final estropeado, y la sonrisa serena y feliz. La primera puede ser
fruto también de la banalidad, como dice el Qohelet: “Como crepitar
de espinos bajo la olla, así es la risa del necio” (7,6). Un gorgojeo
ruidoso y vacío sin sentido que es sólo expresión de superficialidad.
Es necesario reconocer que, si estamos un poco atentos a la realidad
humana, a la historia y al comportamiento de las personas, no hay tantas
ganas de reír. Sin embargo, aunque sea quince veces o menos al día,
sería necesario volver a encontrar la sonrisa, porque hay razones
verdaderas para estar alegres, incluso en medio de tantos motivos para
enfadarse. Incluso en los salmos se lee: “Nuestra boca se nos llenó
de risas, la lengua, de cantares” (126,2). Entonces, ¡ay del que no ríe
nunca!; pero también ¡ay del que ríe demasiado!