Artículo
publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino"
del diario L'Avvenire el 4
diciembre 2004
Tenemos la
posibilidad de elegir entre ser rey o correo del rey. De niños, todos
quieren ser correos. Por esta razón solo hay correos, corriendo por el
mundo y, puesto que ya no hay reyes, se gritan los mensajes,
desprovistos de sentido, el uno al otro. De buena gana habrían puesto
fin a su miserable vida, pero no se atreven a hacerlo gracias al afán
que les mueve.
Durante algunos
meses entre 1917 y 1918 el escritor Franz Kafka fue huésped de su
hermana Ottla en un pueblo bohemio: Aforismos de Zürau, por el nombre
de esa localidad, es el conjunto de pensamientos, dichos y reflexiones
que él anotó en 103 hojas y que Roberto Calasso ha traducido he
comentado para la editorial Adelphi hace unos meses. Es una lectura
fascinante; como dice el comentarista, es un “diamante purísimo,
anidado en los vastos yacimientos carboníferos que existían en Kafka”.
He escogido un apólogo que querría proponer un poco libremente a
nuestra meditación.
Quizá no nos
contentamos a menudo con menos. Sobretodo nos captura la idea más
externa, con más apariencia externa y más frenética. ¿Quieres ser
libre de correr adonde vas, viendo horizontes siempre nuevos? Es una
aventura que hace la vida más alegre, llena de cosas: no importa que el
mensaje que debes transmitir se haya ya vaciado de sentido. Repite las
palabras, consume hechos y tiempos; pero al final empieza a abrirse
camino la sospecha de que todo esto no tenga sentido. Ya no hay un rey,
es decir, una fuente verdadera de todas aquellas palabras, un punto de
referencia estable como un trono. Existe solo la algarabía de
movimientos y de voces, como en un hormiguero enloquecido. Hace falta
pararse. Incluso si se tiene miedo de mirar en el fondo del alma, sólo
por este camino se puede volver a una dignidad rechazada y perdida.