El silencio parlante

 

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Artículo publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino" del diario  L'Avvenire el 7 Diciembre 2004

Un día Teófilo, obispo de Alejandría, fue a un monasterio del desierto. Los monjes lo recibieron con gran fiesta, y todos tenían algo que decirle. Sólo el abad Pambone callaba. Entonces, los hermanos dijeron: "¡Venga, di algo también tú a nuestro pastor para que su alma se alegre!". Pambone replicó: "Si mi silencio no le dice nada, tampoco las palabras podrán alegrarlo".

Hay dos proverbios antitéticos. Uno afirma que "quien calla otorga", y el otro replica que "Quien calla no dice nada". Entre los dos contienen un hálito de verdad, porque el silencio es por su propia naturaleza ambiguo: a menudo sólo es taciturnidad indiferente o sin pensar, inercia mental y moral. Sin embargo, sabemos también que hay silencios que golpean más que una palabra chillona. Esto es lo que se quiere subrayar en uno de los muchos apólogos (recogidos de forma variada) de los llamados "Padres del desierto" egipcio.

Para captar el mensaje de un hombre auténticamente silencioso, para intuir el reproche que contiene, es necesario ser capaz uno mismo de estar en silencio. Aquel obispo se dejaba coger por las aclamaciones de los monjes, por sus felicitaciones, por sus frases de cortesía y quizá de adulación. El abad (es decir, "padre" y maestro) Pambone no se acomoda al coro, y en seguida - se quiera o no - ese silencio resulta más fuerte que la cháchara. Por tanto, hay que aprender también el verdadero callarse, algo poco fácil para quien se quiere hacer notar por los demás, sobre todo por el poderoso de turno. El Salmista hace este propósito: "Vigilaré mi conducta para no pecar con la lengua; pondré un freno en mi boca" (39,2). Ejercicio importante, pero arduo, porque "los hombres - decía el filósofo Spinoza - no gobiernan nada con mayor dificultad que la lengua".

     

   

 

                  

 

 

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5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005