Artículo
publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino"
del diario L'Avvenire el 8
Diciembre 2004
Te
he comprado estas flores / sonrojándome un poco como cuando tememos /
que alguien nos pregunte para quién son, / y de nuevo sonrojándome /
(no es por gratitud) te las ofrezco. / Me siento un beduino del desierto
/ que te ha visto pasar al lado suyo / y conoce de ti sólo el nombre /
pero su tienda está llena con tu rostro. / Son gladiolos blancos. /
Querría que hubieran sido rojos / y eso se vuelven / conforme la sombra
invade / este silencio nuestro.
Debería
haberme encontrado con Renzo Barsacchi hace años por un deseo común de
conocernos. Sin embargo, la muerte le sobrevino en 1996 y por eso sólo
me ha quedado un libro con dedicatoria, Marinero de Dios (Marinaio di
Dio, Nardini 1985), del que he sacado algunos versos para la fiesta de
la Inmaculada. Poeta delicado y creyente sincero, Barsacchi nos presenta
un aspecto particular de la devoción mariana, el de la simplicidad
humilde y espontánea. Ese ramo de gladiolos blancos nos trasladan, de
hecho, a todos a la infancia, cuando - sobre todo para quien vivía en
el campo - íbamos a las ermitas marianas con un ramito de flores
campestres, todavía más fascinantes que los suntuosos gladiolos.
Quizá
hoy nos sonrojaríamos al realizar este gesto, precisamente porque hemos
perdido la simplicidad. Llevamos una vida siempre más sofisticada y
llena de convencionalismos, de formas vacías, de autodefensas. Si
logramos poner una semilla de pureza, una pizca de espontaneidad, o un
trozo de infancia en nuestra vida, quizá encontraremos la serenidad del
corazón y la capacidad de afrontar también dificultades y sufrimientos
sin deseperación ni rebelión. La devoción mariana tiene, entre otras
cosas, esta lección que ofrecer a todos, en particular a nosotros, los
adultos, una lección que es evangélica. "Si no os hacéis como
niños..."