Artículo
publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino"
del diario L'Avvenire el 16
enero 2005
En
el atardecer de su vida, Brígida Pian había descubierto finalmente que
no era necesario parecerse a un servidor orgulloso, preocupado de
contentar al patrono pagando su deuda hasta el último céntimo, y que
nuestro Padre no espera que seamos contables minuciosos de nuestros
méritos. Ella sabía ahora que no importaba tener méritos, sino amar.
Lo
publicó en 1941 y, como sucede en otras de sus novelas, el escritor
católico François Mauriac fue acusado de pesimismo en relación con la
religiosidad de entonces. En realidad, con esta obra titulada La
farisea él señalaba una enfermedad constante en la espiritualidad,
la de la hipocresía que florece de la soberbia. La parábola lucana del
fariseo y del publicano (18,9-14) es la representación más
emblemática. Eficaz es, por tanto, también el retrato que Mauriac
delinea de esta mujer, que conoce sólo la religión fría y deshumana
que se alimenta de obras y juicios exteriores, que ignora la
comprensión y la misericordia y que presume de conocer los secretos del
corazón.
Llena
de ella misma, Brigida Pian pasa por en medio de las debilidades, pero
también de las riquezas interiores con desprecio altanero, convencida
de ser el perfecto papel de tornasol de la verdadera fe, y así no se da
cuenta de que se precipita en un abismo oscuro donde Dios está ausente
y está lleno, por el contrario, del yo humano. Al final, sin embargo,
también existe para ella la redención por el camino de la conversión,
la realidad que para ela era del todo inútil para su vida
"perfecta". Es el descubrimiento final y lapidariamente
expresado por Mauriac en esa frase: "No importa tener méritos,
sino amar". Una lección para meditar siempre, sobre todo cuando se
está muy convencido de estar bien con la religión.