Artículo
publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino"
del diario L'Avvenire el 16
diciembre 2004
"El
amor no consiste en acariciar un muslo". Hasta los canónigos se
hubieran despertado si el obispo hubiera dicho una cosa así desde el
púlpito. Si hubiera dicho: "El amor quiere decir amar a los demás
más que a nosotros mismos", entonces los canónigos se hubieran
dormido inmediatamente.
Es
una pena que incluso en los seminarios no se lean ya las novelas de
Bruce Marshall, el conocido escritor católico escocés muerto a los
ochenta años en 1979. Un amigo común, el franciscano Nazareno
Fabbretti, me lo había presentado de forma indirecta a través de una
serie de anécdotas divertidas, de dichos y sucecidos. Pero también a
través de sus novelas, como La bella esposa, de la que he sacado
la cita de hoy un poco pícara, y sin embargo indiscutible. Nos ofrece
el punto de partida sobre todo para subrayar la necesidad de un poco de
sabor y de especia al comunicar la verdad. Un antiguo dicho rabínico
decía que vale más un grano de pimienta que un cesto de sandías. Una
educación (y una predicación) quejosa y enharinada de buenos y santos
lugares comunes deja del todo indiferente.
Más
allá de esta observación obvia de metodología, de las palabras de
Marshall obtenemos también una nota de contenido. El amor es algo más
que carnalidad y su descubrimiento sucede por el camino del corazón,
del sentimiento y de la donación. Sin embargo, no se debe ser mezquino
al juzgar el comportamiento de una persona, culpándola sólo por un
hecho de debilidad carnal. Son aspecto de la realidad misma: saber amar
es algo más que "acariciar un muslo", pero no se debe ser
implacables y rígidos custodios de una medición sólo de gestos
externos. No deberíamos, por tanto, convertirnos en ese hombre o esa
mujer de mediana edad que el P. Gaston, otro personaje de Marshall,
tiene frente a sí en el tren: "tan indiferentes el uno hacia el
otro que hace pensar que estén casados".