Artículo
publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino"
del diario L'Avvenire el 22
enero 2005
La
experiencia es un peine que la naturaleza da a los calvos.
A
la sabiduría popular le gusta a menudo recurrir a la ironía para
señalar los vicios y defectos: es el famoso principio latino del castigare
ridendo mores, o sea, de señalar los comportamientos no con la
fuerza del desprecio altivo, sino con la moderada fuerza de una
risotada. A menudo, de hecho, las miserias humanas merecen, más que el
grito vehemente, la crítica silenciosa y el humorismo. Es lo que hace
la antigua sabiduría china con este proverbio que he encontrado citado
en una revista francesa, El peine le interesa bien poco al calvo, y
para él es una absoluta inutilidad. Así, por desgracia, apunta el
sabio, sucede también a tantos con la experiencia: es un peine que
nunca se usa porque estamos vacíos de conciencia, de sentimiento, de
corrección.
Recuerdo
una definición de experiencia que leí hace tiempo y que era atribuida
al autor francés de la famosa novela Piel de zanahoria, Jules
Renard (1864-1910): "Un regalo inútil que no sirve para
nada". La paradoja es que este regalo no le falta a nadie porque
vivir es obligatorio y por tanto, en consecuencia, tener experiencia.
Pero son pocos los que aprenden la lección de la vida, y por tanto, la
mayoría prefiere ir a darse cabezazos, a cogerse los dedos, a romperse
los cuernos. Al final, la experiencia no es otra cosa que el nombre que
damos a nuestros errores, sin beneficios para el futuro. Hay, por tanto,
una obstinación que nace del orgullo y que nos hace creer que nosotros
no caeremos otra vez en un error ya cometido. Y así nos encaminamos,
seguros e impávidos, sin prudencia ni consejo, hacia un nuevo error.