Artículo
publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino"
del diario L'Avvenire el 24 de
noviembre de 2004
Creo que la
orante es la expresión universal de lo humano. Quizá no sólo una
expresión humana si es verdad, como decía Tertuliano, que los animales
también rezan. Me gusta pensar que lo hacen también ellos, que lo
hacen incluso las plantas, que todo cuanto vive y muere bajo el cielo
tienen la capacidad de rezar.
La última línea
del Salterio tiene una expresión hebrea que se podría traducir también
así: “Todo lo que respira alabe al Señor”. Ciertamente, el primado
del hombre es indiscutible en ésta y en otras frases bíblicas; sin
embargo, como sucede en el Salmo 148, donde se convocan a 22 criaturas a
cantar el aleluya (tantas como letras tiene el alfabeto hebreo), el
hombre es casi el sacerdote de una liturgia que es cósmica. He
encontrado un modo original de leer esta idea en un bello e intenso diálogo
entre uno de nuestros mejores poetas, pistoyano Roberto Carifi, y un
periodista, Giovanni Ruggeri (La rosa senza perché, ed. Città Aperta /
Servitium).
Carifi parte de
una sugerencia de uno de los primeros escritores italianos, el abogado
africano Tertuliano (ca. 160-220), que veía en la mirada arrobada de
los animales en algunos momentos de su existencia una especie de
reconocimiento orante hacia su Creador. Si es cierto, como escribía el
filósofo danés del siglo XIX Soeren Kierkegaard, que rezar es la
respiración del alma, podemos también decir que a su modo, con la
respiración también los animales – que para la Biblia reciben un espíritu
de vida de Dios – elevan una alabanza a Dios. Es hermoso oír
alrededor de nosotros esta tensión de las criaturas hacia el Creador.
No podemos excluir de ella nuestro aliento consciente que guía hacia
Dios el respiro de todo ser viviente.