Un microcosmos

 

 

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Artículo publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino" del diario  L'Avvenire el 30 enero 2005

 

El hombre que vive en contacto con la máquina y corre el riesgo de convertirse en una prolongación de ella es llevado a proponerse, aunque sea de modo inconsciente, el tema de la propia condición y dignidad, que no es sólo un hecho económico. En la rutina de la fábrica, donde el hombre se ve reducido a puro producto de bienes materiales, surge con fuerza la pregunta sobre la existencia del hombre y el sentido de la existencia.

Así declaraba en 1975, apenas después de la publicación de su admirable novela El quinto evangelio, en una entrevista el escritor Mario Pomilio, que he tenido la suerte de conocer y tener como amigo. La suya es una reflexión que da esperanza. De hecho, aquel hombre, que siempre se ve reducido a máquina o a eslabón en la cadena de la sociedad o a mero destinatario de mensajes publicitarios, al final tiene siempre un susurro de humanidad. Es el célebre dicho del filósofo Pascal: "El hombre supera infinitamente al hombre"

Tenemos un hermoso dicho que puede ser plagiado, rebajado a consumidor, lleno de lugares comunes; siempre conserva una semilla de lo divino. Es esa "imagen de Dios" de la que habla el Génesis (1,27), que lo lleva a amar sin cálculo, a darse por un ideal, a interrogarse sobre el sentido de la vida, a penetrar en el vientre oscuro del mal, a sentir el remordimiento y el atractivo del bien. Sobre esta base constante tiene sentido esperar en el futuro de la humanidad y comprometerse con ella. Es en esta línea en la que deben situarse las religiones para proporcionar a la criatura humana la posibilidad de una trascendencia, una confianza en el otro, una capacidad de creer y amar. El hombre no es una mera máquina biológica, es un mikrós kósmos, un "pequeño mundo", como decía uno de los Siete Sabios, Demócrito de Abdera.

     

   

 

                  

 

 

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Actualizado: 10 de junio de 2005