El signo de la cruz

 

 

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Artículo publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino" del diario  L'Avvenire el 30 noviembre 2004

No nos avergoncemos de la cruz de Cristo. Y si otro la esconde, tú señálala públicamente sobre la frente. Hazte este signo cuando te pongas a comer y a beber, cuando te acuestes o te levantes, cuando debas hablar y cuando debas viajar. Pon este signo sobre todas tus acciones, de tal forma que sobre ella se levante el que fue crucificado y ora en los cielos.

En 1988 ante uno de los habituales levantamientos ideológicos que quería quitar el crucifijo de todo lugar público, la escritora Natalia Ginzburg en Unità declaró en un artículo titulado “¡No quitéis ese crucifijo!": “Está allí mudo y silencioso. Ha estado siempre. Es el signo del dolor humano, de la soledad de la muerte. No conozco otro signo que ofrezca con tanta fuerza el sentido de nuestro destino. El crucifijo forma parte de la historia del mundo”. Ciertamente, para el creyente es un signo ulterior de esperanza y de salvación, pero no hay duda de que la cruz puede hablar a todos, a cristianos y agnósticos.

Para nosotros, precisamente porque es expresión de amor y de liberación, debería tener una presencia “existencial”. Es lo que sugiere en su IV Catequesis Bautismal Cirilo obispo de Alejandría de Egipto (siglo IV-V): el signo de la cruz debería acompañar nuestra vida en su desarrollo, en sus momentos capitales, en sus actos cotidianos, dando testimonio de nuestra fe, pero también de la consagración que hacemos de nosotros mismos y de nuestras opciones. Otro Padre de la Iglesia, san Juan Cristóstomo (siglo IV), en su Catequesis para los neófitos, advertía: “Sígnate la frente, la boca y el corazón. Ponte al abrigo bajo este escudo día y noche y ningún mal te alcanzará”.

     

   

 

                  

 

 

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5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005