Artículo
publicado por Gianfranco Ravasi en la sección "Il Mattutino"
del diario L'Avvenire el 4
diciembre 2004
Mi verso es
repugnante, alas erráticas, las orejas / soy una diabólica parodia
ambulante de cualquier cuadrúpedo / andrajoso proscrito del mundo,
vieja cabeza obstinada / déjame morir de hambre, golpéame, búrlate de
mí: quedaré mudo / guardando dentro de mí mi secreto / ¡Tontos! ¡También
yo he tenido mi hora, / una hora dulce y fiera: / oía las aclamaciones
en mis orejas / y tenía palmas bajo mis pies!
Se titula The
Wild Knight, es decir, “El caballero salvaje”, y es un bello poema
de aquel excepcional escritor católico inglés Gilbert K. Chesterton
(1874-1936). Quien habla, como en las fábulas, es un asno. A sus
espaldas hay una historia no fácil: feo y desgraciado a los ojos de
muchos, parodia del más elegante y admirado caballo, víctima de las
obstinaciones propias y de la violencia de los demás, esta pobre bestia
es la encarnación del súbdito un poco fracasado y un poco oprimido.
Existe, sin embargo, un “pero”. Y los últimos versos lo dicen de
modo evocativo: el Domingo de Ramos un asno estuvo en el centro de la
fiesta porque sobre él montó Cristo, justo como solían hacer en
tiempo de paz los reyes que optaban por el más tranquilo y trotante
borrico durante sus recorridos por la ciudad. La parábola es
clara: tantas personas malvestidas y feas, echadas a la cuneta o
violentadas, tienen quien les ame y piense en ellas. Y nosotros deberíamos
alguna vez romper el esquema publicitario de lo bello y lo perfecto para
ir más allá de las apariencias y descubrir las almas, los valores
escondidos, la belleza interior. Ciertamente, normalmente es más
valioso el asno que el caballo, la gallina frente al pavo: una metáfora
que todos pueden entender.