¿Por qué se echa agua al vino?

6 julio 2003

De la Misa, la mitad

 

Todos sabemos, sobre todo los que en su infancia han sido monaguillos, que las vinageras que se llevan al altar durante la Eucaristía llevan agua y vino, y que el sacerdote en el ofertorio echa unas gotas de agua en el cáliz. ¿Por qué?

            No se echa agua en el vino para “rebajar” el vino, entre otras cosas porque un vino “rebajado” ya no es  vino-vino, y además, porque sólo se echan unas pocas gotas. La razón es únicamente simbólica. Las gotas de vino son un símbolo de nosotros mismos. El sacerdote, mientras echa el agua en el cáliz, dice: “El agua unida al vino sean signo de nuestra participación en la vida divina de Aquél que quiso compartir con nosotros nuestra condición humana”. Es decir: igual que las gotas de agua se mezclan con el vino para  fundirse con el cáliz, también nosotros, cuando comulgamos con el Cuerpo y la Sangre del Señor, nos mezclamos con Él. Y en la Eucaristía ofrecemos al Padre a su mismo Hijo Jesús, unido a nosotros. Nosotros mismos nos ofrecemos al Padre con Él.

Cristo tomó nuestra condición humana, le “prestamos” nuestra humanidad, y ahora le pedimos que nos “preste” su divinidad. Hay un “intercambio”, como decían los Padres de la Iglesia.  Dios se ha hecho Hombre, para que el Hombre se haga Dios (San Agustín). Y este “intercambio” está simbolizado en la mezcla del agua y el vino.

            La costumbre de echar agua en el cáliz es muy antigua, y ya san Justino, un Padre de la Iglesia del siglo II, da testimonio de que en la liturgia eucarística en Palestina se presentaba pan, vino y agua.

 

 

 

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5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005