¿Por qué rezamos el Credo en la Misa?

16 de noviembre de 2003

De la Misa, la mitad

 

A fuerza de repetir las cosas, a veces perdemos el sentido de por qué las hacemos. Una de ellas puede ser la recitación del Credo en la Misa, domingo tras domingo.

En realidad, el Credo, llamado también “Símbolo de la fe”, no nació en la liturgia eucarística, sino en la liturgia bautismal. Cuando una persona quería ser bautizada antes debía recitar el Credo, es decir, hacer una declaración pública de su fe. Sólo en el siglo V se introdujo en la liturgia eucarística, en el Oriente cristiano, de lengua griega. El primer lugar del Occidente cristiano donde se recitó el Credo en la Misa fue en España, por mandato del rey Recaredo (siglo VI). De ahí pasó a las demás liturgias occidentales, hasta implantarse en Roma, en el año 1014.

Los dos “Credos” más conocidos son el apostólico (“corto”), usado en Roma ya en el siglo III, y el niceno-constantinopolitano (“largo”), que recoge la fe de los Concilios de Nicea (año 325) y Constantinopla (año 381) Hasta 1983 sólo se podía usar en la Misa el Credo niceno-constantinopo-litano (“largo”); a partir de ese año coexisten los dos, aunque se recomienda que en “tiempos fuertes” (Adviento, Cuaresma, Pascua) se utilice el apostólico (“corto”).

El sentido de recitar el Credo es el siguiente: tras escuchar la Palabra de Dios, y la explicación de esta Palabra por el sacerdote, como respuesta a esta Palabra, hacemos una declaración de nuestra fe. Esto es porque la fe nace de la escucha de la Palabra de Dios, es nuestra respuesta personal a esta Palabra, la “obediencia de la fe”, como la llama san Pablo. Solamente una persona que ha escuchado a Jesús puede después creer en  Él.

LA FE ES ALIMENTO DEL CAMINO DE LA VIDA

“Al aprender y profesar la fe, adhiérete y conserva solamente la que ahora te entrega la Iglesia, la única que las Sagradas Escrituras acreditan y defienden. Procura, pues, que esta fe sea para ti como un viático que te sirva toda la vida y, de ahora en adelante, no admitas ninguna otra, aunque fuera yo mismo quien, cambiando de opinión, te dijera lo contrario. Velad, pues, hermanos, y conservad cuidadosamente la tradición que ahora recibís y grabadla en el interior de vuestro corazón”

(San Cirilo de Jerusalén, Catequesis sobre la fe y el símbolo)

 

 

 

 

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5 de junio de 2005. nº 141

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Actualizado: 10 de junio de 2005