¿Comunión en la mano?

23 de noviembre de 2003

De la Misa, la mitad

En 1969, con la Instrucción “Memoriale Domini”, la Congregación para el Culto Divino dio a las Conferencias Episcopales la facultad de solicitar a la Santa Sede autorización para permitir la comunión en la mano en su territorio. De esta forma se restauraba una práctica de recibir la comunión vigente en la Iglesia hasta el siglo IX. Desde el siglo IX se extendió la comunión en la boca para evitar abusos y profanaciones de la Eucaristía.

En la actualidad, en España están permitidas estas dos formas de recibir la comunión. Cada fiel puede escoger libremente la forma que crea más conveniente. Es importante darnos cuenta de que, tanto si comulgamos en la boca como si lo hacemos en la mano, no recibimos un pan cualquiera, sino el Cuerpo del Señor. Nuestra forma de comulgar debe ser manifestación de respeto y adoración al Cuerpo del Señor.

El procedimiento es sencillo. Al llegar delante del sacerdote, extendemos las manos, colocando la mano derecha bajo la izquierda. El sacerdote nos muestra la Hostia y nos dice “El Cuerpo de Cristo”, a lo que respondemos diciendo con claridad “Amén”. Recibimos el Cuerpo del Señor en la mano izquierda. Después tomamos el Pan consagrado con la mano derecha, y lo comemos delante del sacerdote, haciendo una pequeña inclinación y apartándonos a un lado para no interrumpir la fila, si fuera necesario. No hace falta decir que tenemos que cuidar de que no queden partículas de Pan consagrado en las manos, o de que caigan al suelo.

UN TRONO PARA EL REY

"Cuando te acerques, no lo hagas con las manos extendidas, o los dedos separados, sino haz con tu izquierda un trono para la derecha, que ha de recibir al Rey, y luego con la palma de la mano forma un recipiente, recibe el cuerpo del Señor y di "Amén". En seguida santifica con todo cuidado tus ojos con el contacto del Sagrado Cuerpo y súmelo, pero ten cuidado que no se te caiga nada: porque lo que tú pudieras perder es como si perdieras uno de tus miembros. Si te dieran unas limaduras de oro, ¿no las tomarías con el máximo cuidado, y prestando atención a que no se te cayese ni perdiese nada? Y ¿no debes cuidar con mucho mayor esmero que no se te caiga ni una miga de lo que es más valioso que el oro y las piedras preciosas?

(San Cirilo de Jerusalén, siglo IV)

 

 

 

 

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5 de junio de 2005. nº 141

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