¿Por qué la llamamos "Misa"?

9 noviembre 2003

De la Misa, la mitad

 

La celebración de la Eucaristía ha tenido muchos nombres. Parece ser que los primeros cristianos la llamaban “la fracción del pan”, tal como aparece en Hechos de los Apóstoles 2,42 y en escritores cristianos del siglo II (Ignacio de Antioquia, Didajé). Más tarde se le llamó “Eucaristía” (=”acción de gracias”), “Eulogía” (=”bendición”), “liturgia”, “oficio”, y otros.

¿De dónde viene la palabra “Misa”? Parece ser que se deriva de la fórmula de despedida de las celebraciones  solemnes. El celebrante despedía al pueblo con la fórmula “Ite, Missa est”, que quiere decir “Marchad, las cosas ya están enviadas” (=”missa“, del verbo “mittere”, que quiere decir “enviar”), o bien “Marchad, vosotros sois enviados”. Sea como sea, el caso es que empezó a llamarse “Missa” a toda solemnidad religiosa, pero a partir del siglo VI se reservó sólo para la celebración eucarística.

Por tanto, la palabra “Misa” nos recuerda que el Padre nos ha enviado este regalo que es Cristo, al que hemos recibido en su Palabra y en su Cuerpo y Sangre. Él es verdaderamente el pan bajado del cielo. Esto es la “missa”, los dones enviados: Cristo, el pan enviado por el Padre.

Pero la palabra “Misa” también nos recuerda que, al terminar la celebración nosotros también somos “enviados”. El Padre envía al Hijo, y el Hijo nos envía a nosotros. “Os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Juan 15,16). Por tanto, la Misa termina con un encargo: no quedarnos parados, sino ir a dar testimonio de lo que hemos estado viviendo dentro. Una llamada el compromiso cristiano en la vida de cada día.

 

 

 

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