Las
sociedades modernas han basado todo su desarrollo en la democracia, que
no consiste sólo en que cada cuatro años podemos elegir a nuestros
representantes, sino en que permanentemente, cada día del año y cada
hora del día, tenemos un derecho y un deber de participar en la vida pública.
No podemos dejar la “democracia” para unos momentos puntuales.
La
democracia exige el respeto a la pluralidad de opciones políticas. Hay
distintas formas de enfocar la solución de los problemas sociales, y
por tanto es legítimo que cada uno proponga y defienda los suyos. Los
católicos, además, no tenemos una opción política, o un partido, que
sea oficialmente “católico”. Hay diversas formas de militancia política
en las que un católico puede participar.
Esto
no quiere decir que todo valga. Que todas las opciones sean libres no
quiere decir que todas tengan el mismo valor. La democracia se basa en
el respeto a la persona humana y a sus derechos. Un sistema democrático
debe velar por este respeto. Hay principios que no son
“negociables”. De otra forma, el mismo sistema democrático se pone
en peligro.
Frecuentemente
se confunde “tolerancia” con “relativismo”. El “relativismo”
cree que “todo es relativo”, “nada es verdad”. Si nada es
verdad, no hay nada en la vida por lo que merezca la pena vivir. Una
sociedad que ha perdido el sentido de la verdad y de la justicia es una
sociedad que ha perdido el rumbo. Sobre una base tan frágil no se puede
sostener el sistema democrático. Precisamente las democracias surgieron
cuando Europa fue consciente de que existían valores fundamentales e
innegociables: el valor de la persona humana y su dignidad.
Por
eso la mejor forma de fundamentar y dar solidez a la democracia es el
fortalecimiento de esos valores. De ahí la gran importancia de la
educación y de los medios de comunicación, que influyen en la creación
de la opinión pública.